✍Antonio Gómez Romera
Domingo, 19 de julio de 2026
En el CCXVIII aniversario de la batalla de Bailén, una gran derrota para el ejército francés en tierras hispanas
Tal día como hoy, domingo, 19 de julio, festividad de Santa Áurea de Córdoba, virgen y mártir (810 – 856), quien tras abjurar de su fe por miedo, se arrepintió, confesó su devoción cristiana de nuevo ante el emir Muhammad I y fue ejecutada en Córdoba, en la que ya es la vigesimonovena semana del 2026, se cumplen 218 años (martes, 1808) de la Batalla de Bailén, donde el ejército español mal armado e instruido, derrota al ejército francés, considerado el mejor de Europa.

Antecedentes
En virtud del Tratado de Fontainebleau (martes 27 de octubre de 1807), para invadir Portugal y repartirlo entre Francia y España, las tropas francesas atraviesan la península ibérica. El sábado, 19 de marzo de 1808, se produce el Motín de Aranjuez, un levantamiento popular y golpe palaciego instigado por el príncipe Fernando VII (1784 – 1833), que provoca la caída del primer ministro Manuel Godoy (1767 – 1851) y fuerza la abdicación del rey Carlos IV (1748 – 1819) en favor del príncipe heredero.
Tras el levantamiento del lunes, 2 de mayo, Napoleón Bonaparte (1769 – 1821) encomienda al general Dupont (Pierre-Antoine Dupont de l’Étang, 1765 – 1840) que se adentre en Andalucía, con dirección a Cádiz, al mando del 5º Cuerpo de Observación de la Gironda. El vacío de poder dejado tras la marcha de Fernando VII (1784 – 1833) a Bayona (5 y 6 de mayo) es ocupado por numerosas Juntas de Gobierno repartidas por todo el territorio español. El viernes, 27 de mayo de 1808, se forma la Junta de Sevilla bajo la presidencia de Juan Francisco de Saavedra y Sangronís (1746 – 1819), conocida como “Suprema Junta de Gobierno e Indias”, que nombra al general Castaños (Francisco Javier Castaños Aragorri, 1758 – 1852), capitán general del Ejército de Andalucía.

El teniente coronel Echavarri (Pedro Agustín de Echevarri y Sustacha, 1756 – 1828), con 15.000 voluntarios de Córdoba y de Málaga cubren el puente de Alcolea para defender la capital cordobesa. Sin embargo, las tropas francesas los vencen el 7 de junio entrando en Córdoba y realizando un brutal y sanguinario saqueo de la ciudad. Benito Pérez Galdós, dice en su novela “Bailén” (1873, “Episodios Nacionales”): “¿Qué pasó (…) en el puente de Alcolea? Aquellos pobres paisanos, a quienes no se puede negar el valor, huyeron ante las tropas disciplinadas del general Dupont. En Córdoba tampoco se les puso resistencia. (…) Todos creíamos que los franceses entrarían con bandera de paz, porque la gente de Echavarri abandonó la ciudad, y los de aquí no trataban de hacer resistencia. Llegaron los franceses a la Puerta Nueva, y mientras las autoridades hablaban con ellos para darles entrada, de una casa cercana salieron algunos tiros. Furiosos los enemigos, después de derribar la puerta a cañonazos, desparramáronse por las calles de Córdoba asesinando a cuantos encontraban al paso y metiéndose en las casas para coger cuanto había (…) En otras partes los horrores no pueden contarse. Robaron todo el dinero de la administración, toda la plata de los conventos, los vasos sagrados, los cálices, las custodias, las alhajas de las imágenes; penetraron también en los conventos de frailes, muchos de los cuales murieron asesinados; convirtieron en lupanar la iglesia de Fuensanta, y por tres días Córdoba no fue una ciudad, fue un infierno, porque todos los demonios, todas las maldades y abominaciones cayeron sobre ella”.
Ante la creciente hostilidad y la falta de suministros, el general Dupont se retira desde Córdoba hacia Andújar para establecer allí su cuartel general a mediados de junio.

Arturo Pérez-Reverte Gutiérrez, en su artículo “Bailén 1808: a degüello y con garrocha”, publicado en ABC con motivo del Dos de mayo (de 2021), dice: “para entonces el sur de España se había vuelto un avispero, porque estábamos todos más cabreados que un tigre al que le retuerces los huevos. Andaluces y no andaluces, lo mismo militares y gente bien que campesinos, vaqueros, contrabandistas, clérigos y frailes con escopetas, trabucos, cachiporras, espadas, hoces y hasta garrotes, pobres y ricos armados cada cual cómo podía, nos juntábamos por todos sitios hermanados en partidas y ejércitos, con ganas de hacerles un buen escabeche a los “anfansdelapatrí”, que iban de sobrados porque su “Naboleón Malaparte”, aquel “petit cabrón” que mandaba en Francia y también era dueño de Europa, se había pasado a Prusia por la piedra de amolar prusianos, a Austria le había dado las del pulpo en Marengo, a Rusia le había roto los morros en Eylau y Friedland, y a Inglaterra la tenía tan acojonada en su isla que no le cabía un cañamón por el ojete. Así que lo de España se lo planteaba fácil y barato, el enano. Un pueblo gobernado por curas, les había dicho a sus íntimos, no tiene ni media hostia. O algo parecido”.

Por su parte, la Junta Suprema Provincial de Sevilla organiza un ejército en Utrera incorporando los numerosos voluntarios en los cuadros del ejército del general Castaños, que cuenta con una abundante oficialidad y con el refuerzo procedente de Granada al mando del teniente general Reding (Theodor Reding von Biberegg, 1755 – 1809). Ambas fuerzas se fusionan el lunes, 11 de julio, en Porcuna, quedando todas ellas bajo el mando único del General Castaños y se organizan (“Plan Porcuna”) para flanquear y cercar a las tropas francesas. Integran el ejército español mandos como el mariscal de campo Antonio
Malet, marqués de Coupigny (1761 – 1825), el mariscal de campo Félix Jones (1740 – 1821), el teniente general Manuel de la Peña (Manuel Lapeña Rodríguez y Ruiz de Sotillo, 1766 – 1827), el teniente coronel Pedro de Valdecañas, el teniente coronel Cruz Mourgeón (Juan de la Cruz Mourgeon y Achet, 1766 – 1822) y unidades como las dos secciones de “garrochistas” (lanceros) de Utrera y Jerez.

Durante los días previos a la batalla (viernes 15, sábado 16 y domingo 17 de julio) se suceden escarceos con algún choque de importancia entre ambos ejércitos, como el que sucede en Mengíbar, siendo favorable éste a las tropas españolas, muriendo el general francés Jacques-Nicolas Gobert (1760 – 1808), en el cerro de la Harina, al frente de sus coraceros.
Dupont sale de Andújar hacia Bailén en la noche del 18 al 19 de julio. Llega alrededor de las tres de la madrugada con su vanguardia al puente del Rumblar. Espera sorprender a las fuerzas españolas que vivaquean a las afueras de Bailén. Las divisiones de Reding y Coupigny se han establecido en Bailén desde la mañana del 18, previendo un posible ataque de las tropas del general Vedel (Dominique Honoré Antoine Marie Vedel, 1771 – 1848), que podría aproximarse desde el Este procedente de La Carolina. Reding sitúa 7 batallones entre los Cerros San Cristóbal y del Ahorcado, con una primera línea de artillería, una segunda de infantería y una tercera de caballería, controlando el acceso a la villa. Hecho esto, se prepara para dirigirse a Andújar. El general Castaños permanece a espaldas de Dupont en Andújar a la espera de los posibles acontecimientos.

Batalla de Bailén
En la madrugada del 18 al 19 de julio ambos ejércitos entran en contacto, dentro de la mayor confusión. Sobre las tres de la madrugada, la vanguardia francesa, mandada por el mayor Teulet, llega al Puente del Rumblar. Mientras, el brigadier Venegas, ha tocado diana una hora antes y se prepara para emprender la marcha. Es noche cerrada y apenas se divisa por el horizonte. Nadie sabe a quién tiene delante.
Las fuerzas de Teulet arrollan a las españolas y les obliga a replegarse a las estribaciones del Zumacar Chico. Al oír los disparos, el general Reding, reunido con sus generales, situados a la izquierda del Camino Real, ordena a sus unidades que se sitúen dónde están vivaqueando. Venegas, consigue tiempo para que se organicen y realicen un despliegue ordenado en forma de arco desde la loma del Cerro San Valentín hasta el haza Walona.
Dupont lanza ataques repetidos con el único fin de romper la línea defensiva de Réding pero sin el efecto que busca, pues el bando español se mantiene firme. El escritor y académico Arturo Pérez-Reverte Gutiérrez en su artículo antes citado, refiere que el garrochista Pepe Molina narra a su compadre Curro Centellas la epopeya de los voluntarios de Jerez y Utrera, en la batalla donde el ejército de Napoleón sufrió su primera derrota, e indica que: “empezó muy temprano entre las alturas del Cerrajón y el pueblo, junto a la carretera que lleva a Despeñaperros (…) La primera carga de caballería se la hicimos a primera hora unos cuatrocientos de los nuestros, jinete más o menos, de los que unos 50 y pico eran de Utrera y 138 éramos de Jerez: lo mejor de cada casa, para que me entiendas. Imagínate a la peña en plena faena. Lo que pasa es que al cabo de un rato, con las siguientes trompetadas que dimos, ya se nos fue clareando el asunto. Caímos como moscas, Curro de mi alma. Y cuando acabó todo y los mostachones agitaron pañuelitos blancos, “silvuplé, mesiés les espagnols” y toda esa murga, “rendemuá, rendenús”, o sea que nos rendimos, comiéndose una derrota como el sombrero de un picador, las tres cuartas partes de los garrochistas que aquella mañana picamos espuelas una y otra vez entre los olivares se quedaron allí para criar malvas. Son cosas de la guerra y de la vida, compañero (…) Y nos ofrecían cálices de oro y plata de las iglesias de Córdoba a cambio de un sorbo de agua. El caso es que dejaron las armas, y veinte mil fulanos, o lo que quedaba de ellos, pasaron a ser prisioneros”.

El sol y el calor abrasador, con más de 40º C, fue clave, ya que las tropas napoleónicas estaban exhaustas, sin agua ni para beber ni para refrescar los cañones. También lo fue la ayuda del pueblo de Bailén con el ejército español suministrando agua a sus soldados, tarea en la que destaca María Bellido, (1755 – 1809), apodada “La Culiancha”. A esto hay que sumar el incremento térmico provocado por el incendio del monte bajo del campo de batalla, que en el mes de julio se halla seco y aún sin segar. La tradición popular narra que muchos de estos soldados franceses se lanzaron a la Noria de la Huerta de San Lázaro, único lugar próximo con agua, con la siguiente frase “Morir aquí y resucitar en París”.
A mediodía, Dupont intenta un último ataque con sus mejores soldados, un ataque en el que resulta herido y que acaba por fracasar, propiciando su rendición. Las Capitulaciones se firman el viernes, 22 de julio, después de muchas discusiones, en la casa de postas que media entre Bailén y Andújar, en las proximidades de Villanueva de la Reina, donde se ha establecido el general Castaños; las legiones de Dupont, formadas por 8.242 hombres, los vencedores de Austerlitz y de Friedland, que han paseado sus águilas victoriosas por todo Europa, desfilan por delante del ejército español y deponen sus armas y banderas junto a la Venta del Rumblar.

Colofón
Para Bailén, esta victoria supone una serie de reconocimientos a nivel nacional e internacional. El primero llega de la mano de la Junta Suprema Central al otorgarle el Título de «Muy Noble y Leal» en 1809, siendo confirmado por Fernando VII en 1813. A los miembros de la Corporación existente en aquellos momentos, así como a los vecinos, la mayoría mujeres, niños y ancianos que participaron en aquella calurosa jornada asistiendo al ejército español en sus necesidades, con peligro de su vida, se les condecora con Medalla de Oro, bajo el lema «Al Valor y Lealtad».
En 1850, se le concede a Bailén, el rango de “Ciudad” y se obliga a todas aquellas ciudades de más de 10 mil habitantes a colocar el nombre de Bailén a una de sus tres calles más principales, honor otorgado por la reina Isabel II.

Finalizo con éste fragmento del artículo de Arturo Pérez-Reverte Gutiérrez, antes citado: “El caso es que allí fue la primera vez que el victorioso ejército de “Naboleón Malaparte” cagó las plumas, y eso tiene su puntazo. Palmó en España, y lo hicimos los de siempre: Juan Pinto, Manolo el de la Venta y su hijo Manoliyo, Pepe el Bocas, Luisito Jaén, Lucas el Tuerto, los cuatro hermanos Bocanegra, Paco Campanas, el capitán Cherif y todos los demás: los que quedamos vivos y los que quedaron muertos, andaluces y españoles toda la vida. Brutales, generosos, duros, puñeteros, crueles, indisciplinados, broncos, valientes vasallos que nunca, si miras para arriba, tuvieron buenos señores. Gente hecha de sol y bronce, garrochistas de Jerez y Utrera que, según cuentan los viejos del lugar -hay quien dice haberlo visto y oído, y yo lo creo-, cada 19 de julio un poco antes del alba, desde hace dos siglos y pico, salen de sus sepulcros y abandonan las sombras para cabalgar entre los olivares de Bailén aullando gritos de pelea”.