✍Valeriano Morales/Relato viajero
«…de Haza del Lino bajamos a Polopos, «cuando la noche roba la luz a la tarde»

…de Haza del Lino bajamos a Polopos, «cuando la noche roba la luz a la tarde». Tomamos posesión de nuestra habitación en «Casa 3» (Residencia de artistas), nuestros amables anfitriones. Nos levantamos temprano para ir al cortijo de Las Casillas. De madrugada, unas golondrinas nos parlotearon sin descanso y a veces entorpecen nuestro sueño.
El agua del mar se derrama al amanecer por los barrancos y llega a Polopos en los cántaros de la niebla. En pocos minutos lo cubre todo y uno se siente flotar allí dentro, arrullado por los mensajes del dios Neptuno.

Las Casillas, «mi tierra prometida». Allí nací y allí, cada vez que regreso, recuperó el relato de mis antepasados. Custodiadas por esos parajes habitan mis primeras sensaciones de ser humano pequeño. Mi padre me legó sus genes, de los Cristos de las Casillas, -que era el apodo de su familia-. Él era un gran conocedor y maestro de todas las faenas del campo; podar las viñas, elaborar el vino, trillar en la era, levantar balates, regar los huertos con un mimo tal, como si la propia sangre se derramara sobre la tierra.

El camino que une Polopos con las Casillas es una pista de tierra que permite el paso de coches hasta el Cortijo. Son apenas cuatro kilómetros, la vista del pueblo se pierde pronto, justo al trasponer la loma del molino Carlos. A los márgenes de la senda, el suelo está sembrado de amapolas, zapaticos y bolinas de flores amarillas. Es el inicio de mayo y el campo rinde un suntuoso homenaje a la primavera; la belleza lo inunda todo.

Llegamos hasta el molino de las Casillas; un barranco lleno de vegetación y, el agua que corre contenta. En la ladera de enfrente al molino, ha habido desprendimientos de tierra y nos costó pasar. Este molino es del siglo XVII, ha sido rehabilitado con esmero y cariño, conservando la estructura para su función futura… Por el barranco baja mucha agua. Agua que en el pasado llenaba la alberca, que está en la parte superior del molino y, al destaparla, con la presión suficiente movía la piedra que molía el cereal. Los dueños son P.p. y su primera socia; se encontraban pintando a nuestra llegada. Algunas noches se quedan a dormir y, según nos cuentan, escuchan a los ruiseñores que les endulzan las madrugadas.
La nostalgia, revolotea como mariposas sobre las flores por estos parajes. Las pupilas van cambiando de color dependiendo de las flores que miramos: rojas, amarillas, violetas, azules…
Las Casillas; Tierra Prometida a los Cristos que, se despidieron de ella como Boabdil en el «Suspiro del Moro», ellos lo hicieron en la lomilla del Castillejo. Nosotros nos detuvimos en el mismo punto a contemplar el horizonte durante largo rato, cómo Moisés frente a Jerusalén, imaginando el desgarro de quienes tuvieron que abandonar esta hermosa tierra; mirando por última vez su paraíso perdido.

Antes de nacer yo ya estaba por aquí. Nací entre estas piedras; caminé de la mano de mi abuelo y de mi padre por este barranco. Cuenta la memoria, que mi madre salió al huerto y, al regresar me encontró sentado en una silla de anea. Yo, tímidamente le dije, hola, y ella me reganó, por adelantarme a nacer sin su permiso. Mi padre me llevó a la era, estaban trillando y me puso sobre la criba de cerner el trigo. Mucho tiempo después de que muera mi cuerpo, seguiré estando por estos rincones y barrancos, aunque nadie se dé cuenta de ello.
La piedra de la imaginación mueve este molino: saca harina del recuerdo con el trigo nuevo de la palabra.



