✍Carlos Romero/Opinión.-
Un viaje íntimo convertido en espectáculo flamenco. Teatro Calderón de Motril, 12 de junio de 2026

Hay espectáculos que se limitan a exhibir destreza técnica y otros que aspiran a algo más complejo: convertir la experiencia vital en materia escénica. Vaivén, de Sara Sánchez, pertenece a esta segunda categoría. La propuesta, presentada en el Teatro Calderón de Motril, se articula como una narración autobiográfica donde la bailaora transforma recuerdos, conflictos y procesos personales en lenguaje corporal, apoyándose en una construcción musical especialmente cuidada y en una dramaturgia visual que busca hacer visible lo íntimo.
Durante aproximadamente setenta y cinco minutos, la obra consigue un objetivo nada sencillo: mantener la atención del espectador desde el primer momento sin caer en la complacencia ni en el mero lucimiento técnico. El resultado es un trabajo de fuerte personalidad artística que evidencia un largo proceso de reflexión y elaboración.
La técnica al servicio del relato
Uno de los mayores aciertos de Vaivén reside en la capacidad de Sara Sánchez para poner su notable dominio técnico al servicio de una narrativa emocional. La bailaora exhibe recursos más que suficientes para impresionar desde el punto de vista puramente flamenco, pero evita convertir el espectáculo en una sucesión de alardes.
Su baile destaca por la precisión, la limpieza de ejecución y una presencia escénica poderosa. La técnica aparece constantemente, pero subordinada al discurso dramático. Esa decisión resulta especialmente relevante en una época en la que parte del flamenco escénico corre el riesgo de priorizar la espectacularidad sobre el contenido.
La fuerza escénica de Sánchez se convierte así en uno de los motores fundamentales de la obra. Su manera de ocupar el espacio, de sostener la atención del público y de construir una progresión emocional dota al espectáculo de una coherencia poco habitual.

Una dramaturgia construida desde la experiencia personal
El elemento diferenciador de Vaivén es su carácter autobiográfico. La obra se presenta como una exploración de la trayectoria vital de la artista desde su acercamiento inicial a la danza y el baile hasta diferentes episodios de su vida personal.
Lo interesante es que la propuesta evita la literalidad excesiva. El espectador que conoce mínimamente la trayectoria de la artista puede identificar numerosos episodios y referencias sin necesidad de explicaciones explícitas. La obra confía en la inteligencia del público y utiliza símbolos visuales y corporales para sugerir estados emocionales y etapas vitales.
En este sentido, la dramaturgia alcanza algunos de sus momentos más eficaces cuando el vestuario se integra en el relato. El hecho de que la propia artista se vista y transforme sobre el escenario refuerza la sensación de asistir a un proceso de construcción identitaria. Especialmente significativa resulta la aparición del negro y la capucha para representar etapas oscuras de su vida, en contraste con los momentos posteriores de liberación personal, donde la artista recupera simbólicamente su verdadera identidad.
Lejos de ser un mero recurso estético, estos cambios funcionan como parte esencial de la narración.
Manuel de la Torre: el gran arquitecto musical
Si Sara Sánchez constituye el centro emocional del espectáculo, la música de Manuel de la Torre emerge como uno de sus pilares fundamentales.
Su aportación trasciende ampliamente el concepto tradicional de acompañamiento. La versatilidad demostrada durante la función —alternando instrumentos tan distintos como batería, guitarra eléctrica y piano— revela una concepción musical abierta y contemporánea que encaja perfectamente con la naturaleza híbrida de la propuesta.
Lo más destacable es que la música nunca aparece como un elemento autónomo o superpuesto al baile. Existe una integración orgánica entre movimiento, dramaturgia y sonido. Cada intervención musical contribuye a la construcción del relato y al desarrollo de los distintos estados emocionales que atraviesa la protagonista.
Esta capacidad para generar una auténtica conversación entre música y baile constituye uno de los mayores logros artísticos de la producción.

Un cante funcional, aunque menos arriesgado
El apartado vocal, asumido por Israel Moro, cumple con solvencia su función dentro del conjunto. Sin embargo, es probablemente el aspecto que deja más margen para el crecimiento artístico.
No se trata de una cuestión de nivel técnico ni de adecuación al espectáculo. El cantaor se integra correctamente en la propuesta y entiende el papel que le corresponde dentro de una dramaturgia donde el protagonismo recae claramente en la bailaora y en la arquitectura musical.
La sensación es más bien la de una cierta contención expresiva. En determinados momentos se echa en falta un mayor riesgo emocional, ese pellizco que permite al cante trascender su función estructural para convertirse en acontecimiento artístico por sí mismo.
No obstante, conviene subrayar que esta observación no compromete el equilibrio global del espectáculo, donde el cante ocupa deliberadamente una posición menos central.
La respuesta del público
La conexión entre escenario y sala fue evidente. La propuesta consiguió implicar emocionalmente al público durante todo el recorrido dramático, algo especialmente meritorio en una obra que apuesta por la introspección y la dimensión autobiográfica.
Los aproximadamente cinco minutos de aplausos finales reflejaron una recepción entusiasta y confirmaron que el espectáculo había logrado establecer un vínculo directo con los espectadores.
Más allá de la valoración artística, esa capacidad para emocionar y mantener la atención constituye una de las pruebas más fiables de la eficacia escénica de una propuesta.
Conclusión
Vaivén es una obra de gran personalidad artística que demuestra cómo el flamenco contemporáneo puede dialogar con la autobiografía, la dramaturgia y la experimentación musical sin perder autenticidad ni fuerza comunicativa.
Sara Sánchez firma un espectáculo honesto, cuidadosamente construido y sustentado por una sólida técnica y una notable capacidad escénica. La excelente labor musical de Manuel de la Torre amplía el alcance expresivo de la propuesta, mientras que la puesta en escena contribuye decisivamente a la construcción del relato vital.
Aunque el cante podría asumir mayores riesgos expresivos en algunos momentos, el balance general es claramente positivo.
Un espectáculo que atrapa desde el principio y que convierte la experiencia personal de su autora en una propuesta escénica capaz de emocionar tanto al aficionado al flamenco como al público general.





