✍Opinión.-
NOS ASALTA EL TEMOR; EL TERROR NOS ESPANTA. “La ciudadanía tiene que dejar de producir diente con diente para ofrecer pulso a pulso, la mejor de sus pausas, los latidos del alma e ir tejiendo lazos donde poder sembrar la semilla del verso, que se hará poema y limpiará todas las penas”

Con la ayuda de Radio María, en paz me acuesto y enseguida me duermo. A veces me temo a mí mismo, cuesta tanto percibirse como comprender a los demás, entender el llamamiento de la naturaleza como atender a la evocación del donarse y de no servirse de nadie. Ciertamente, el tiempo de ruta está bien claro, desvivirse por vivir como un poeta en guardia, que todo lo embellece y luego lo comparte y, además, lo simpatiza. La convivencia es la vivencia de un modo y una manera de vivir la libertad, sin conveniencia. Cultivar la purgación y practicar el corazón, es un saludable propósito. Sin embargo, el pánico nos sobrecoge cada día, ante la imposición de intereses mundanos que nos dejan sin voz y nos niegan la dignidad, con la indecencia de la exclusión.
Moremos en la poesía que somos y despojémonos del poderío mundano que no somos. En cualquier caso, no impongamos nada y propongamos todos. Despojémonos de esos aires terroríficos que nacen del odio, que se sustentan en el desprecio hacia toda existencia y que son un verdadero crimen contra la humanidad. Por tanto, no basta reprimir los recelos, suspender las luchas, hay que tender a un aire conciliador que nos reconcilie los ánimos, dentro de las familias y de la sociedad. Que esta noble nación de España, como ha dicho en su viaje apostólico el Papa León XIV, en su encuentro con los miembros del parlamento español, jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar el futuro, en comunión y en comunidad, con la franqueza del diálogo y la grandeza del servicio.
Esta proverbial “Tierra de María” que San Juan Pablo II quiso llamar, puede ofrecer sus místicos latidos, contra la furia del enemigo. Para empezar, cuenta con una lengua que une continentes, aunque también caminemos por gargantas tenebrosas; y tiene, además, una experiencia histórica; que nos recuerda el valor de la concordia y del esfuerzo paciente para cimentar una relación apacible y ecuánime. La bondad, aunque sea cultivo de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Pongamos pasión, pues. Únicamente el verdadero amor es el que nos aproxima, nos trae felicidad y nos atrae hacia ese calor de hogar, tan vital como preciso; ya que nuestras propias voces interiores necesitan sentirse acompañadas y acompasadas, por esos tonos y timbres vinculantes y alentadores.
La ciudadanía tiene que dejar de producir diente con diente para ofrecer pulso a pulso, la mejor de sus pausas, los latidos del alma e ir tejiendo lazos donde poder sembrar la semilla del verso, que se hará poema y limpiará todas las penas. Que nada nos turbe, ni tampoco nos espante, si sumamos fuerzas y secamos lágrimas. Ciertamente, nos merecemos otro mundo más hermanado, que reconozca esas madres que ya no pueden alimentar a sus hijos, o esas familias obligadas a abandonar sus pertenencias para huir de la violencia o esos niños privados de escuela desde hace años. Hay que salir de este abismo; y, el espíritu humanitario que todos llevamos consigo, debe estar ahí, en primera línea, manteniéndonos incorporados a la responsabilidad de la acción.
Estamos obligados, en consecuencia, a repensar y a preguntarnos a dónde nos estamos encaminando o, mejor aún, hacia dónde nos estamos arrojando. Desde luego, no faltan razones para un cambio. Nos lo recordaba en su discurso también el Santo Padre León XIV, con motivo del viaje apostólico y el encuentro con la comunidad diocesana, en el Estadio “Santiago Bernabéu” (Madrid), con la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén. Hoy, enmendar representa parada y escucha, pues es en la pluralidad de voces y visiones, donde se realza la claridad, haciendo que todos nos sintamos como en casa. Al fin y al cabo, el futuro depende de todos nosotros, del respeto que nos tengamos y de la alegría que sembremos.




