Manuel Domínguez García
Cronista Oficial de la ciudad de Motril
EL INGENIO VIEJO. APROXIMACIÓN A LA TRAYECTORIA HISTÓRICA DE UNA FÁBRICA AZUCARERA MOTRILEÑA ENTRE LOS SIGLOS XVI Y XVIII

La historia de Motril está íntimamente ligada al cultivo de la caña de azúcar y a la industria creada para su transformación. Durante cerca de un milenio, desde la época de al-Ándalus hasta el cierre de las últimas fábricas azucareras en el siglo XX, esta actividad definió profundamente la economía, el paisaje, la sociedad y el desarrollo urbano de la ciudad.
La introducción y expansión de la caña de azúcar en la costa granadina durante el periodo musulmán transformó parte de la vega motrileña. Este cultivo exigía abundante agua y una cuidada organización del territorio, por lo que se aprovecharon y ampliaron acequias, albercas, canales y otros sistemas de riego. Al mismo tiempo, la necesidad de tierras fértiles favorecería una ocupación más intensiva de la vega, mientras que la transformación de la caña impulsó la aparición de instalaciones manufactureras dedicadas a la producción azúcar, mieles y otros derivados.
La relevancia de la caña fue mucho más allá de la agricultura. En torno a ella se organizó un complejo sistema económico que afectaba a la propiedad de la tierra, los arrendamientos, la distribución del agua, los contratos de suministro, las redes de crédito y la mano de obra. También influyó en la configuración de caminos y acequias, en el valor de las tierras de regadío y en el crecimiento de determinados espacios urbanos. De este modo, la industria azucarera se convirtió en un elemento central de la estructura social y económica de Motril.
Tras la conquista castellana del reino de Granada, el cultivo cañero se desarrolló todavía mucho más, hasta acabar con el típico policultivo musulmán, convirtiéndose en el monocultivo de la vega motrileña durante siglos. La nueva sociedad cristiana heredó buena parte de las infraestructuras hidráulicas y de los conocimientos agrícolas desarrollados en época andalusí, aunque los adaptó a nuevas formas de propiedad, financiación y comercio. Las antiguas aduanas manufactureras de azúcar fueron transformándose progresivamente en ingenios más complejos, equipados con nuevos molinos, prensas, hornos, cocinas, almacenes y amplios espacios de trabajo.
Así, la producción azucarera no fue únicamente una actividad económica, sino un sistema que articuló la vida de Motril durante siglos. La caña y el azúcar condicionaron la organización de su territorio, el uso de sus recursos naturales, las relaciones laborales y sociales y buena parte de su identidad histórica. Por ello, comprender la historia de Motril exige reconocer el papel decisivo que desempeñaron la caña de azúcar y su industria en la historia de la formación de la ciudad y de su vega.

El Ingenio Viejo ocupa un lugar de especial relevancia dentro de la historia económica y urbana de Motril. Aunque sus orígenes no se conocen con absoluta precisión, todo indica que fue una de las instalaciones azucareras más antiguas y longevas de la ciudad. Su actividad se prolongó durante cerca de tres siglos, desde los inicios de la Edad Moderna hasta la crisis que afectó a la producción azucarera motrileña en el siglo XVIII. La demolición de sus edificios, documentada ya en 1761, puso fin a una trayectoria estrechamente vinculada al desarrollo de la población.
La importancia del Ingenio Viejo trasciende la de una fábrica aislada. Su historia permite comprender la formación de una compleja economía azucarera, basada en la relación entre la agricultura, la industria, el comercio y el transporte. En torno a su funcionamiento intervenían propietarios de tierras, arrendadores, comerciantes, maestros de azúcar, jornaleros, arrieros, carreteros y artesanos, además de las instituciones municipales y numerosos vecinos. La producción de azúcar requería capital, agua, combustible y mano de obra especializada, convirtiendo a los ingenios en auténticos centros de actividad económica.
Durante la Edad Moderna, estas instalaciones eran complejos manufactureros de notable entidad. En ellas se desarrollaban todas las fases del proceso productivo: la recepción y molienda de la caña, la cocción de los jugos, la elaboración del azúcar, su almacenamiento y la gestión administrativa. El Ingenio Viejo, situado dentro del núcleo histórico de Motril, refleja también la estrecha relación entre la industria azucarera y la transformación del espacio urbano.
Su trayectoria constituye, además, un ejemplo significativo de la evolución desde las antiguas estructuras fabriles de época musulmana hacia las fábricas manufactureras de la Edad Moderna. A través de documentos notariales, catastros y fuentes fiscales es posible reconstruir parte de su historia y seguir la evolución técnica, económica y social del azúcar entre los siglos XV y XVIII. De este modo, el Ingenio Viejo se convierte en una referencia fundamental para comprender cómo Motril llegó a consolidarse como uno de los principales enclaves azucareros del Mediterráneo occidental.
El Ingenio Viejo ocupaba un lugar destacado en el espacio urbano del Motril histórico. Se localizaba en el entorno de la actual plaza del Tranvía y sus instalaciones se extendían en el siglo XVII hacia poniente hasta la calle de la Muralla y hacia el sur hasta la acequia. Con una superficie estimada de unos 9.000 metros cuadrados, constituía uno de los grandes recintos productivos de la entonces, todavía, villa.
Su ubicación era especialmente favorable para la actividad azucarera. La proximidad de la calle de la Carrera, una de las principales vías de comunicación de Motril, facilitaba la entrada de caña, leña, animales de tiro y mercancías. Asimismo, su cercanía a la muralla, a la puerta de Castil de Ferro, en la entrada de la actual calle Zapateros, y a los caminos que comunicaban la población con la costa y la vega permitía organizar con mayor facilidad tanto el abastecimiento de la fábrica como la salida del azúcar hacia los mercados.
La acequia era otro elemento esencial en este emplazamiento. El agua resultaba imprescindible para el regadío de los cañaverales y desempeñaba un papel relevante en el funcionamiento de la industria azucarera. Además, calles, caminos, murallas, hazas y acequias constituían referencias habituales en los documentos antiguos para delimitar propiedades, lo que ayuda a situar de manera aproximada el espacio ocupado por el ingenio.
El complejo no debió de estar formado por un único edificio, sino por un conjunto de dependencias destinadas a las distintas fases de producción. Contaría con una plaza de cañas, donde llegaba y se organizaba la materia prima; un peso para controlar las entregas; una nave de molinos para triturar la caña; un palacio de batalla, relacionado con las primeras operaciones manufactureras; una cocina para su concentración y clarificación; y un cuarto de prensas, destinado a extraer al máximo el jugo de la caña molida.
A estas instalaciones se sumaban el granero, el bagacero, el banco, el almacén de formas, las albercas, las cuadras y otros espacios auxiliares. Todo ello revela la complejidad de una fábrica que debía atender al almacenamiento de materiales, al cuidado de los animales, al uso del agua y a la transformación continua de la caña.
Durante la zafra, el Ingenio Viejo se convertía en un centro de trabajo intenso. La caña debía cortarse, transportarse y molerse con rapidez para conservar la calidad de su jugo. En estas tareas participaban propietarios y arrendadores, maestros de azúcar, trabajadores especializados, jornaleros, arrieros, carreteros, artesanos y empleados dedicados a la administración de la fábrica. El Ingenio Viejo fue, en definitiva, una auténtica unidad manufacturera que articulaba la producción cañera de la vega con la vida urbana y comercial de Motril.
La ubicación del Ingenio Viejo, su extensión y la complejidad de sus dependencias revelan la importancia que la industria azucarera tuvo en la configuración del Motril de la Edad Moderna. El sector donde se situaba —hoy transformado por la trama urbana contemporánea— fue durante siglos un punto neurálgico de la economía local, donde convergían caminos, agua, trabajo y actividad fabril. La reconstrucción de parte de su historia permite comprender mejor la articulación territorial de la localidad y el papel central que el azúcar desempeñó en su desarrollo histórico.
El origen constructivo del Ingenio Viejo planta algunos interrogantes, aunque existe cierta base documental para relacionar su emplazamiento con la actividad azucarera desde fechas tempranas. Esta certeza, sin embargo, no es completa. La documentación conservada es fragmentaria y no permite reconstruir con precisión todas las fases de construcción, transformación y uso del edificio.
La zona sur de Motril, delimitada por la calle de la Muralla y la calle Nueva, concentró buena parte de las antiguas aduanas de tradición musulmana y de los ingenios azucareros establecidos o reorganizados durante el siglo XVI.
Las noticias más antiguas mencionan varios establecimientos vinculados a la producción del azúcar en este sector urbano y en sus inmediaciones. Aunque estas referencias aportan indicios sólidos sobre la continuidad en el tiempo de dicha actividad, no siempre permiten identificar exactamente y sin margen de duda, donde se situaban los edificios de cada fábrica en concreto. La sucesión de propietarios, los cambios de uso y las reformas arquitectónicas y urbanas dificultan todavía más esta identificación.

En consecuencia, puede afirmarse que en esa zona de la población estuvo, desde un periodo temprano, el origen de lo que después sería el Ingenio Viejo, pero no es posible precisar, por ahora, con total certeza cuándo se construyó el ingenio, ni cuál fue su configuración original. Para avanzar en esta cuestión sería necesario encontrar nuevas fuentes documentales, la documentación más antigua que conocemos hasta ahora no lo deja claro y se puede prestar a confusiones.
En el lado izquierdo de la actual calle Narciso González Cervera, en dirección al Cerro, se localizaba la aduana de la Acequia o de los Madriles. Este establecimiento azucarero, había sido inicialmente un mesón, lindando con la placeta donde estaban las casas de Diego Fernández Venegas que servían de tabernas y mancebía. Posteriormente, Gabriel de Madrid, vecino de Granada, lo transformó en una aduana destinada a “moler cañas dulçes con piedras”.
Antes de la Guerra de las Alpujarras, la aduana fue convertida en ingenio. Es probable que esta transformación implicara la sustitución del antiguo molino de piedras por otro dotado de dos rodillos horizontales de madera chapados y claveteados, más adecuado para la molienda de la caña. El maestro carpintero granadino Bernardino de Guzmán declaró en 1604 haber participado en dicha reforma. En 1568 este ingenio pertenecía al citado Gabriel de Madrid, a Alonso de Madrid y a Juan Çenedi, En este año, Çenedi vendería su parte a Juan de la Fuente.
Confiscado tras la rebelión de los moriscos fue subastado y rematado en 1589 en el jurado granadino Diego Fernández de Montilla en precio de 270 ducados. El ingenio estaba caído y desarmado, solo tenía un cuerpo del edificio enhiesto y todo lo demás estaba hundido. Lindaba con el camino que iba al Cerro de Nuestra Señora de la Cabeza a la margen izquierda, “iendo a dicha hermita”. Alindaba, además, con la acequia principal y la huerta de Diego Martín. Tenía por la delantera hacia la placeta 37 varas y una 4ª, por la parte sur que alindaba con la acequia tenía 46,5 varas y por la parte de levante alindando con la huerta de Martín, 41 varas con la revuelta que hacia donde estaba la voladera. Tres de las calderas de cobre para hacer azúcar que tenía el ingenio, estaban repartidas en los ingenios del Toledano, en el de Pérez de Cáceres y en el de Gonzalo Hurtado. En 1604 los hermanos Diego y Jeronimo Núñez de Madrid, reclamaron la propiedad del ingenio, alegando que había sido expropiado por error ya que su padre, Gabriel de Madrid, era cristino viejo. Tras el correspondiente pleito con la Real Hacienda, les fue de vuelto.
Este ingenio debió de ser reconstruido poco después. A fines del siglo XVI estaba a cargo de Diego Fernández de Baena, granadino que había comprado 151 marjales de tierra en la subasta de bienes confiscados a los moriscos de Motril. Más tarde se conoció como el ingenio de Adriano, pues lo tuvo algunos años el hijo de Fernández de Baena, Pedro de Adriano, licenciado y beneficiado de la Iglesia Mayor.
En calle de la Muralla, situada junto a la puerta de Castil de Ferro, existió otra aduana de azúcar propiedad de los moriscos Luis Abul Uçey y Buenchy, que tras la sublevación morisca de 1569 les fue expropiada. Sabemos que en 1571 esta aduana fue arrendada por la Corona al jurado granadino Cristóbal de la Fuente que se comprometió a dejarlo “corriente y moliente” al final del arrendamiento en 1575. Fue convertida por estas fechas en ingenio, lo que consistió igualmente, en sustituir el molino de piedra por un molino de dos rodillos.
Tenía cinco calderas de cobre para melar sentadas en un horno, una caldera de jarope en su horno, siete tinajones para el caldo y mieles de la cocina, dos calderas tachas en la cocina, rueda de vuelo del ingenio, ejes grande y pequeño del molino sin chapas, verdugos y chumacera. Cuatro vírgenes para los ejes, ataifor donde andan los caballos, un tinajón donde llega el caldo de los ejes, otro tinajón donde cae el caldo de la artesa, una prensa de viga con su peso y vírgenes, sin husillo. Un tinajón donde cae el caldo de la prensa de viga y un eje nuevo de encina de repuesto para el molino.
Fue vendido por la Corona en 1589 al vecino de Motril Toribio Vázquez en 440 ducados, estaba en ruinas, desarmado y no funcionaba. Lindaba con las casas de Pierre Macera y Antón García, con la calle que iba a la puerta de Castil de Ferro y con otras dos calles. Por la parte delantera que alindaba con la calle de la Muralla tenía 54 varas, por la otra calle trasera 79 varas, por uno de los testeros laterales 7 varas y por el otro, que alindaba con las casas citadas, 38 varas. Parece que este ingenio no fue reconstruido y en su solar se levantaron unas casas que terminaron siendo de Alonso de Contrras.
El origen del Ingenio Viejo sí que pudo estar en otra antigua aduana azucarera musulmana, propiedad de la reina granadina Aixa al-Horra, que tras la conquista del reino de Granada había sido entregada por los Reyes Católicos al escudero Aparicio de Cieza, vecino de Salobreña desde 1501. Este la habría vendido al morisco granadino Alonso Román y a su mujer Mayor Sánchez en 1496, que a su vez la revenden a Francisco Ramírez de Madrid en 1497 en 348 ducados. La escritura de venta dice eran unas casas que solían ser aduana de azúcar, y que lindaban con la cárcel pública, muralla de la villa y una calle principal que va a Castil de Ferro. En 1504 estas casas aduana pertenecían a la herencia recibida por Beatriz Galindo tras la muerte de su marido Francisco Ramírez y donde se confirma que la había comprado efectivamente en 1497 al morisco Alonso Román. En documentos posteriores fechados a mediados del siglo XVII, se dice explícitamente que el Ingenio Viejo se fabricó sobre unas casas del morisco Alonso Román, que solían ser aduana de azúcar.
En 1567 los propietarios de esa aduana, ya seguramente reconvertida en ingenio, eran ya los jurados granadinos Diego Pérez de Cáceres y Cristóbal de la Fuente, a los que el morisco motrileño Luis Abul Uçey les había vendido por 200 ducados en ese año, un solar de casa con su corral, trascorral, un haza y la mitad de una hoya para sitio de leñas de su ingenio. Todo este espacio se partió posteriormente para el servicio del ingenio de Pérez de Caceres y el que estaba enfrente que era el ingenio de Diego Pérez de Baena.
En las últimas décadas del siglo XVI, 1580, a este ingenio se le situaba al final de una calleja transversal a la calle de la Carrera. Cristóbal Ramírez de Haro tenía en ese año “una casa fuera de lo cercado en la calle de la Carrera, linde con casas de su propiedad y por levante una calle que va a dar a la puerta del ingenio de Diego Pérez de Cáceres y por delante la calle de la Carrera”.
Esa fábrica alindada por el sur con la acequia y haza de Salitre, hoy Explanadas, con la placeta de la mancebía, casas de Romero, el sastre, y casas de la Cordera.
En 1597 en ingenio fue comprado por Alonso de Contreras y su mujer Ana Gutiérrez y lo sitúan frontero a la plaza del Salitre, lindado con un haza del Luis Ramírez y con la calle de la Carrera “que va a los ingenios”.
En la escritura de transacción, fechada en Granada el 7 de julio de 1597, dicen que el ingenio había pertenecido a los citados Diego Pérez de Cáceres y Cristóbal de la Fuente, que habían fallecido y por herencia lo tenían la mitad la mujer del primero, Juana del Castillo y su hijo Fernando de Cáceres y la otra mitad el sobrino del segundo, el licenciado Miguel de la Fuente Cerrato. El licenciado había vendido su mitad a Mateo Jaraba del Castillo, regidor de Motril, que a su vez la vendió a doña Juana y a su hijo, que son los que lo transfieren definitivamente a Alonso de Contreras en el precio estipulado de 5.800 ducados, pagados 200 de contado y 5.600 en un censo o hipoteca de 400 ducados anuales, sufragados en dos plazos, por San Juan y en Navidad.
Para seguridad de la venta los vendedores hipotecaron 98 marjales de tierra en Motril y unas casas principales en Granada junto al convento de San Francisco, collación de Santa Escolastica. Por su parte, los compradores hipotecaron 321 marjales, también en Motril en el pago de Trafarramal, 3 casas toldos y otras casas principales.
Tras pagar por los vendedores todos los censos pendientes que recaían sobre el ingenio, este fue entregado a Contreras libre de cargas.
En noviembre 1597 Contreras con el licenciado Pedro Adriano, que había heredado un ingenio de su padre Fernadez de Baena; midieron y amojonaron el solar que los anteriores propietarios habían comprado para sitio de leña a Luis Abul Uçey, repartiéndolo entre ambos de manera que no hubiese problemas. Este lugar sería el origen de la actual plaza de Tranvía.
El espacio que ocupaba el ingenio fue ampliado por Contreras primero con la adquisición al regidor Antonio Velázquez de un haza de tierra llamada “El Salitre” en 1598 y en 1599 intercambiando con el nuevo poblador Juan Fernández, un haza de tres marjales de secano que lindaban con el ingenio y la acequia por 4 marjales de regadío que le dio a cambio.
En 1614 es comprado un ingenio con todos sus pertrechos y junto con los 700 marjales de Trafarramal, por el motrileño Alonso de Contreras en 4.000 ducados a Isabel de Pinelo, vecina de Madrid y viuda de Juan María Sauli, que había sido cesionario de las propiedades motrileñas de la familia genovesa Spínola. Este ingenio construido inicialmente por Francisco Navarro, vecino y regidor de Motril, en 1573 en un haza de tierra situada por encima de la rambla de Castil de Ferro, lindaba por el sur con la acequia principal, por el norte con un ejido despoblado y por levante con tierras de Jerónimo de la Peña. En la actualidad ese antiguo ingenio estaría situado aproximadamente entre las calles Marjalillo Bajo, Huerta de Estévez y Avenida de Andalucía.
Cuando lo compra Contreras el ingenio estaba “maltratado y abierto por el fuego”, cayéndose sus paredes y tejados. Para que no se terminase de perder Contreras, con acuerdo del Concejo de Motril, lo reparó completamente, reconstruyendo lo que había quedado del edificio de la antigua fábrica y reponiendo todas las maquinas, hornos, calderas, molinos, prensas, etc.; hasta dejarlo, como se indicaba en aquella época, “corriente y moliente”, es decir listo para empezar a moler cañas y producir azúcar. Para ello, el empresario motrileño, tuvo que gastar 66.135 reales, según las tasaciones que habían hecho carpinteros, albañiles, canteros, caldereros, herreros y otros oficiales en 1617.
Aparte del edificio propio del ingenio que sería de grandes proporciones, la fábrica tenía caballerizas, corrales, una casa accesoria que le servía de apero y una noria para sacar agua de la acequia.
El ingenio tenía un “cuarto de molienda” donde se molían las cañas con cuatro molinos de rodillos horizontales de madera cubiertos con planchas de hierro y claveteados, movidos por revezos de mulos; un “cuarto de vigas” con cuatro prensas de viga para el bagazo, un aljibe hecho de cobre para el caldo de las cañas y en la “cocina” sentadas en sus respectivos hornos para cuajar el azúcar: dos calderas de jarope, cuatro calderas de melar y cuatro calderas tachas. Los hornos eran alimentados con leña durante las 24 horas del día desde la “fogata”.
A este ingenio, una vez reconstruido, se le empezó a conocer en Motril con el nombre del Ingenio Nuevo y al otro que tenía Contreras que era el más antiguo, lo denominaron popularmente como el Ingenio Viejo.

En 1621 en el informe presentado a la Real Hacienda por el alcalde mayor de la villa debido a un pleito sostenido por el Concejo con el administrador del impuesto de alcabalas, se dice que a partir del a plaza de Castil de Ferro estaba el ingenio Viejo de Contreras, tenía 23,5 metros de fachada y una plaza de cañas de 30,5 metros de ancho que compartía con el ingenio de Jerónimo de Hurtado.
En 1638, Ana Gutiérrez ya viuda de Alonso de Contreras, vende el Ingenio Viejo a Bartolomé del Campo en 9.500 ducados. En 1642 lo poseían su viuda, Ana de la Peña, y su hijo Juan del Campo, quienes seguramente lo vendieron en 1644 al comerciante granadino afincado en Motril Lucas de Herrera Méndez, que también compró en 1654 a Mariana de Lisón y Contreras en el sitio llamado del Puente del Salitre, situado frente a las actuales Explanadas y al Cerro de la Cabeza, un solar de 55 varas de largo por 23 de ancho, que alindaba por el sur con la acequia principal, por poniente con la puerta del ingenio de los Hurtado y el Ingenio Viejo y por levante con el camino que va al mar. En este terreno construirían después, esta familia, su casa solariega.
El Ingenio Viejo siguió produciendo azúcar a todo lo largo del siglo XVII hasta la segunda mitad del siglo XVIII, variando de propietarios o de arrendadores. Por ejemplo, en 1636 lo tenían arrendado el genovés granadino Rolando Levanto y Bartolomé Fernández de Mora. Entre 1654 y 1656 el ingenio molió 1.776 tareas de cañas, algo más de 850.000 arrobas de cañas, y produjo 27.131 formas de azúcar, es decir, unas 68.000 arrobas de azúcar.
En 1684 lo había “aviado” Mateo Fernández de la Guardia que molturo 605 tareas de cañas y en 1685 lo arrendó una sociedad compuesta por Martín de Salinas y Joseph Shiafino, moliendo 454 tareas; en 1723 lo fue por Francisco Antonio de Franquís y Pablo Victoria.
En 1724 era propiedad de Melchor Herrera y Flores que lo había arrendado a los hermanos Luis y Antonio López y en 1733 lo tenía Antonio Ruiz de Olivares.
En el Catastro de Ensenada en 1752 se dice que el Ingenio Viejo estaba aún en funcionamiento y que era ingenio real, es decir molía la caña con molino de rodillos horizontales. Estaba situado en la calle de la Carrera y lindada con la calleja del Colegio de los Jesuitas. Tenía 100 metros de fachada y 88,5 metros de fondo. Por arriba lindaba con la calle de la Carrera y por el sur con la acequia. En esta época era del mayorazgo de María Antonia Ruiz Zarreta, fundado por Cecilio Ruiz Jiménez.
Con la crisis del azúcar motrileño del siglo XVIII, el ingenio debió de dejar de ser rentable y en 1761 se estaban demoliendo sus edificios. Por último, en 1768 el propietario del solar donde estuvo la fábrica, Cecilio Ruiz Zarreta, puso en cultivo los terrenos y por parte del Ayuntamiento se le autorizó hacer una noria para sacar agua de la acequia y convertirlos en regadío.
Así terminaba una de las primeras fábricas manufactureras de azúcar motrileñas de la Edad Moderna. El Ingenio Viejo pasaba a la historia y pronto su memoria sería olvidada tras, al menos, tres siglos de actividad azucarera en nuestra ciudad.