✍Antonio Gómez Romera
Domingo, 27 de septiembre de 2026
En el CCIXVI aniversario de la muerte de San Vicente de Paúl, el apóstol de la caridad

Tal día como hoy, domingo, 27 de septiembre, festividad de San Florentino de Amboise (Siglo V), mártir en Sedunum -hoy Brémur, Suiza-, degollado por los vándalos junto a San Hilario, en la que ya es trigésimo novena semana de 2026, se cumplen 366 años (1660) del fallecimiento en París (Francia), a los 79 años de edad, de Vicente de Paúl, sacerdote, apóstol de la caridad y pionero de la acción social moderna. Sus reliquias se conservan en la capilla que lleva su nombre, ubicada en el número 95 de la “Rue de Sèvres”, en el distrito 6 de París, la cual también es la actual sede de los sacerdotes de la Congregación de la Misión.
San Vicente de Paúl fue beatificado por el papa Benedicto XIII (1649 – 1730) el sábado, 13 de agosto de 1729, y canonizado por el papa Clemente XII (1652 – 1740) el domingo, 16 de junio de 1737, mientras que el martes, 12 de mayo de 1885, el papa León XIII (1810 – 1903) lo proclamó patrono universal de todas las Asociaciones de Caridad Católica.

Breves notas biográficas
El 24 de abril de 1581, en una pequeña aldea de Gascuña, en Pouy, que desde el siglo XIX se llama Saint-Vincent-de-Paul en su honor, a unos 5 km de la ciudad de Dax, departamento de las Landas, al suroeste de Francia, nace, en una modesta familia de campesinos, Vicente. Es el tercer hijo varón de Juan de Paúl y Beltranda de Moras, a veces escrito Mora sin “s”, originarios de Tamarite de Litera (Huesca, España).
En el lugar de su nacimiento, conocido hoy como “Berceau de Saint Vincent de Paul”, se levanta una modesta construcción de ladrillo y vigas de madera, parecida a la casa en que nació Vicente. Ya desde la más tierna infancia, Vicente ayuda a su familia trabajando como pastor. A pesar de que su adolescencia la pasa en el campo, su fina inteligencia es notada por su benefactor, el señor de Comet, abogado de la Corte Presidencial y juez, que le ofrece la oportunidad de estudiar en Dax, Toulouse y Zaragoza, y el 23 de septiembre de 1600, con 19 años de edad, es ordenado sacerdote por el obispo François de Bourdeilles (1516 – 1600) de Périgueux, en la Capilla privada del Chateau-l’Eveque.

La confesión a un moribundo le revela las profundas necesidades espirituales y materiales de los pobres y le lleva a una decisión irrevocable: dedicar su vida sacerdotal a la evangelización y redención de la población campesina y a la formación de sus sacerdotes.
Tras conseguir la Licenciatura en Teología (1604), abre una escuela privada. Durante un viaje en barco de Marsella a Narbona, en 1605, un viento favorable los lleva, desde la salida del viejo puerto, con tal rapidez que en un día habrían franqueado las 50 leguas que separan las dos ciudades y, siguiendo el relato de Vicente, “Si Dios no hubiera permitido que tres bergantines turcos, que costeaban el golfo de Lion, para atrapar las barcas que venían de Beaucaire, donde había feria que se tiene por una de las más hermosas de la cristiandad, no nos hubieran dado la carga y atacado con tal furor que habiendo herido a dado muerte a dos o tres de los nuestros y herido a los demás y a mí también, que recibí un flechazo que me servirá de reloj para el resto de mi vida”. Siguiendo el relato, “nos encadenaron después de vendarnos torpemente, prosiguieron su plan, cometiendo mil robos, concediendo sin embargo la libertad a los que se habían entregado sin combatir, después de robarles. Y por último, cargados de mercancías, al cabo de seis o siete días, emprendieron la ruta de Berbería, antro y madriguera de ladrones, sin contar con el permiso del Gran Turco, donde una vez llegados, nos expusieron a la venta”.

Túnez está escondida al fondo de un lago, a tres leguas del mar. Los grandes navíos no pueden acercarse a ella y deben detenerse delante de La Goulette, la bocana. Allí los esclavos descienden de la embarcación y son embarcados en un sandal o chalana plana en la que atraviesan el lago. “Su procedimiento para vendernos fue que una vez que nos hubieron despojado desnudos del todo, nos entregaron a cada uno un par de zaragüelles, una casaca de lino, con un gorro, nos pasearon por la ciudad de Túnez, adonde habían llegado expresamente para vendernos. Nos hicieron dar cinco o seis vueltas por la ciudad, con la cadena al cuello, nos devolvieron al barco con el fin de que los compradores vinieran a ver quién podía comer y quién no, para mostrar que nuestras heridas no eran mortales en absoluto. Tras lo cual, nos reunieron en la plaza donde los comerciantes vinieron a visitarnos, de la misma manera que se hace para comprar un caballo o un buey, nos hacían abrir la boca para ver nuestros dientes, palpándonos los costados, sondeando nuestras llagas, haciéndonos caminar al paso, trotar y correr, luego sostener cargas y luchar para ver la fuerza de cada uno, y mil otras suertes de brutalidades”.

Mercado de esclavos de Túnez. “Fui vendido a un pescador, que se vio obligado bien pronto a deshacerse de mí, por no haber nada tan contrario para mí como el mar, y luego por el pescador a un anciano, médico espagírico, soberano extractor de quintas esencias, hombre muy humano y tratable, el cual, por lo que me decía, había trabajado cincuenta años en la búsqueda de la piedra filosofal, y en vano en cuanto a la piedra, pero muy felizmente en otra clase de transmutación de los metales (…) Mi ocupación era mantener el fuego en diez o doce hornos; en lo que, por gracia de Dios, yo no sentía más pena que placer. Me quería mucho y se complacía otro tanto en discutir conmigo sobre alquimia y más de su ley a la que hacía todos los esfuerzos del mundo para atraerme muchas riquezas y todo su saber”.

Vicente consigue recuperar su libertad y volver a Francia dos años después, gracias a su tercer propietario, que poco a poco se ha convertido al cristianismo. Entra en la corte francesa en calidad de capellán y limosnero de la reina Margarita de Valois (1553 – 1615), una oportunidad que le proporciona una visión privilegiada de la sociedad de la época. Vicente conoce a San Francisco de Sales (1567 – 1622) obispo, teólogo, predicador y fundador de la Orden de la Visitación de Santa María, que supo hacer del amor a Dios y de la dulzura en la expresión de sus creencias su arma más poderosa. Este encuentro dirige aún más la vida y la obra de Vicente hacia una perspectiva de caridad y servicio a los demás.

En 1612, Vicente es nombrado párroco de Clichy, en las afueras de París. Esta misión le permite conocer al cardenal Pierre de Bérulle (1575 – 1629), que va a ser su padre espiritual durante mucho tiempo. Comienza entonces su actividad como catequista, pero al año siguiente se convierte en tutor de los hijos de Felipe Manuel de Gondi (1581 – 1662), conde de Joigny, General de las Galeras y el tercero de los hijos del Duque de Retz y Francisca-Margarita de Silly (1584 – 1625): Pedro, Enrique y Juan Francisco Pablo.
Los viajes por las tierras de los Gondi llevan a Vicente a un conocimiento de primera mano de las lastimosas condiciones de vida materiales y espirituales de la población campesina y ésta experiencia le hace consciente de la enorme brecha entre ricos y pobres. Sus preocupaciones son compartidas por Francisca – Margarita de Silly, Madame de Gondi, que pone a su disposición una gran suma de dinero para establecer una misión de predicación de 5 años entre los campesinos de sus tierras. Vicente, sin embargo, no encuentra otros sacerdotes que le apoyen en esta tarea y desiste, dejando temporalmente el castillo y yendo a trabajar a la parroquia rural de Chatillon-le-Dombes.
El 20 de agosto de 1617, la primera célula de la Caridad Vicentina cobra vida. Para ocuparse de ello, como impone la sociedad de entonces, serán sólo mujeres llamadas “Siervas de los pobres”. La Asociación crece exponencialmente y en un tiempo récord obtiene la aprobación del Obispo de Lyon.

En 1618, regresa al castillo de Gondi y comienza a predicar la “Palabra de Dios”. Nace una nueva comunidad, que goza del apoyo económico de la familia Gondi; entre las reglas están la necesidad de vivir juntos, de renunciar a los oficios eclesiásticos, de ocuparse de la asistencia espiritual de los prisioneros y de la enseñanza del catecismo. Es la Congregación de la Misión, más tarde llamada la Congregación de los Lazaristas, en razón del convento de San Lázaro donde está ubicada. Vicente se compromete también en la formación del clero, promoviendo ejercicios espirituales y dando vida a las “conferencias de los martes”: encuentros en los que los sacerdotes relatan sus experiencias de apostolado activo y se motivan mutuamente para ser fieles a su vocación a la santidad. Luego se traslada a París, donde muchas mujeres nobles, deseosas de hacer caridad y de contribuir económicamente a sus obras, buscan a “Monsieur Vincent”: así nacen las Damas de la Caridad, entre las que se encuentra incluso la futura Reina de Polonia (María Luisa de Gonzaga – Nevers, 1611 – 1667). Pero las “Damas” no son suficientes, y por su posición social no pueden hacerse cargo de las ocupaciones más humildes.

En 1633 funda junto a santa Luisa de Marillac (1591 – 1660) una congregación femenina muy innovadora para la época: las Hijas de la Caridad, una comunidad de mujeres consagradas que sirven a los pobres y enfermos. Esta orden rompe con la tradición de la vida monástica, ya que sus miembros no están confinados a un convento, sino que trabajan, diaria y directamente, en las calles y hospitales. Aún hoy, las Hijas de la Caridad, son la familia religiosa femenina más grande de la Iglesia.
El rey Luis XIII (1601 – 1643) llama a Vicente a la Corte como Consejero, aunque por poco tiempo, pero luego quiere tenerlo a su lado en su lecho de muerte.

Colofón
San Vicente de Paúl ha tenido varios reconocimientos oficiales y llevan su nombre o están bajo su patronazgo: hospitales, orfanatos, asilos, colegios y universidades como la “DePaul University” (Chicago, EEUU).
El 5 de noviembre de 1947, se estrena en Francia la película “Monsieur Vincent”, dirigida por Maurice Cloche (1907 – 1990) con guion del escritor Jean Anouilh (1910 – 1987) en la que se narra una semblanza de la compasión y la justicia social de San Vicente de Paúl, al que da vida en la pantalla el actor Pierre Fresnay (Pierre Jules Louis Laudenbach, 1897 – 1975), que por su papel recibe la Copa Volpi al Mejor Actor en el Festival Internacional de Cine de Venecia (1947). La película es galardonada en 1949 con un Premio Óscar Honorífico a la mejor película en lengua extranjera estrenada en Estados Unidos. El carisma de San Vicente de Paúl llega hasta nuestros días a través de más de 150 ramas de la Familia Vicenciana, con un impacto social de ayuda a millones de personas en todo el mundo.
“Amemos a Dios, hermanos míos, pero amémoslo a nuestra costa, con el trabajo de nuestros brazos, con el sudor de nuestra rostro” (San Vicente de Paúl).