✍Opinión.-
EN LA COMPASIÓN BEATÍFICA NO HAY FRONTERAS

SÍRVENOS LA FE, AYÚDANOS A DESCUBRIR EL CAMINO: Es el horizonte de Jesús, un vivo espacio de pulsación continua, enlace de nuestra existencia, revelado en una relación de amor profundo. Perseveremos a su lado, verifiquemos y versifiquemos su deseo, rindamos culto y cumplamos con su alianza, de rehacernos en comunión y en comunidad. Entre humanos no se marcan distancias. Sea nuestro fin, conciliar vínculos y reconciliar visiones con el mundo entero.
NOS REVIVE A TODOS
El soplo de la fe nos pone en acción,
nos repone con el destello de la luz,
que todo lo pulimenta y lo regenera,
con la fórmula creativa y recreativa,
de una autenticidad que nos penetra.
El sosiego omnipotente nos purifica,
nos impulsa a persistir en la plegaria,
y a no desfallecer en el recogimiento,
pues todo lo que se pide con llaneza,
tiene los frutos del consuelo y la paz.
Este alivio divino es el que nos cura,
poniéndonos a los pies del Salvador,
que es lo que da lucidez al moverse,
y sentido a nuestro cometido diario;
pues sin Él nada somos, Él nos sana.
II.- LA CONFIANZA EN JESÚS;
NOS REANIMA A TODOS
Ascender en la fe es un don celestial,
nos enlaza lo mortal con lo inmortal,
nos armoniza el cuerpo con el alma,
y robustece nuestra certeza en Jesús,
cuando los andares se nos trastornan.
El hálito asienta fuerza en los pasos,
y engendra audacia en las entretelas;
sirve a nuestra existencia el sustento,
que nos vivifica a destronar la duda,
el recelo hacia Dios y los hermanos.
Que la Virgen María nos de la calma,
para colmarnos de su fuerte creencia,
con una convicción ciega de aprecio,
que sabe hacerse amor y exhortación,
con súplica serena al Poder Celestial.
III.- LA UNIVERSALIDAD DE JESÚS;
NOS REDIME A TODOS
La fe no conoce términos ni terrenos,
traspasa todas las fronteras y frentes;
esto simboliza que el verbo es verso,
tonada firme que nos inunda a todos,
pues su ritmo no se limita a uno solo.
Todos somos parte de la mística voz,
la porción necesaria para el glorioso
himno, procedencia del plan sagrado,
que tiene como prelación salvarnos,
exonerarnos del pesar de los pesares.
No hay mayor dolor que la apostasía,
que la deslealtad y el total abandono;
uno tiene que disponerse a quererse,
a darse a los otros y a donarse a uno,
con voluntad en el espíritu trinitario.