✍Opinión.-
ABRAHAM TENÍA 29 AÑOS. EL ACCIDENTE TUVO LUGAR EL DÍA 4 DE JUNIO EN LA NACIONAL 340 DIRECCIÓN SALOBREÑA A LA ALTURA DEL RÍO GUADALFEO

Abraham tenía 29 años. Y toda una vida por delante.
Había encontrado al amor de su vida. Estaba profundamente enamorado y compartía su vida con la mujer con la que soñaba construir un futuro.
Estaba viviendo uno de los momentos más felices de su vida.
Su empresa comenzaba a despegar.
Tenía proyectos.
Tenía ilusión.
Tenía sueños.
Tenía ganas de vivir.
Pero quienes tuvimos la suerte de conocerlo sabemos que Abraham era mucho más que todo eso.
Era una de esas personas que aparecen muy pocas veces en la vida.
La persona más buena, noble, cariñosa, generosa y bondadosa que he conocido jamás.
Siempre dispuesto a ayudar.
Siempre pendiente de los demás.
Siempre regalando una sonrisa.
Siempre tendiendo una mano.
Yo era su tía, pero también fui su segunda madre y una de sus mejores amigas.
Lo vi crecer.
Lo vi convertirse en el hombre extraordinario que llegó a ser.
Víctor, no solo era familia para él. Eran hermanos elegidos por la vida. Compañeros inseparables.
Y su hermana… su hermana era una parte de él.
Quienes les conocían saben que tenían una conexión difícil de explicar con palabras.
No eran solo hermanos.
Eran confidentes.
Eran apoyo.
Eran refugio.
Eran media vida el uno del otro.
Su hermana no ha perdido solo a un hermano.
Ha perdido a su otra mitad.
Su padre tampoco ha perdido solo a un hijo.
Ha perdido una parte de su alma.
Lo crió con amor, esfuerzo y dedicación durante toda su vida.
Lo vio dar sus primeros pasos.
Lo vio crecer.
Lo vio convertirse en un hombre bueno.
Y ahora tiene que enfrentarse al dolor más antinatural que existe: sobrevivir a su propio hijo.
Su madre también vive una herida imposible de cerrar.
Porque no existe consuelo cuando una madre pierde a un hijo.
Y sus abuelos…
Sus abuelos lo adoraban.
Era uno de los grandes amores de sus vidas.
Lo vieron crecer, reír, aprender, soñar y construir su camino.
Ningún abuelo debería tener que despedir a su nieto.
Ninguno.
Sus primos no han perdido solo a un primo.
Han perdido a un hermano.
Su pareja no ha perdido solo al hombre que amaba.
Ha perdido a la persona con la que quería compartir toda una vida.
Y existe otra familia que hoy llora su ausencia como si hubiera perdido a un hijo. Desde niño creció junto a su mejor amigo. Se quisieron como hermanos. Compartieron la infancia, la juventud, los sueños y hasta llegaron a crear una empresa juntos.
Porque así era Abraham.
Donde llegaba, construía familia.
Donde llegaba, creaba amistad.
Donde llegaba, dejaba huella.
Por eso su pérdida ha dejado un vacío imposible de describir.
Según la investigación, el conductor implicado circulaba presuntamente a una velocidad muy superior a la permitida y además conducía sin autorización para hacerlo.
Lo que más nos duele no es solo haber perdido a Abraham.
Lo que más nos duele es saber que esta tragedia nunca debió ocurrir.
Porque cuando alguien decide ponerse al volante sin estar autorizado para conducir y circulando a una velocidad muy superior a la permitida, no está poniendo en riesgo únicamente su propia vida.
Está jugando con la vida de todos los demás.
Y cuando las consecuencias llegan, ya es demasiado tarde para las víctimas.
Demasiado tarde para las familias.
Demasiado tarde para los sueños que quedaron por cumplir.
Abraham no murió por una desgracia inevitable.
Abraham murió porque una cadena de decisiones terminó arrebatándole la vida.
Y mientras nosotros intentamos comprender cómo seguir viviendo sin Abraham, él ya no tendrá la oportunidad de cumplir ninguno de los sueños que tenía por delante.
No volverá a abrazar a quienes le querían.
No volverá a besar a la mujer de su vida.
No volverá a emprender nuevos proyectos junto a su mejor amigo.
No volverá a reír con sus amigos.
No volverá a recorrer senderos con su familia.
No volverá a sentarse en nuestras reuniones, donde siempre había un hueco reservado para él.
No volverá a casa.
Por eso no vamos a callarnos.
Por eso vamos a luchar para que se conozca toda la verdad.
Y por eso pedimos a cualquier persona que presenciara el accidente o que disponga de cualquier información, fotografía o vídeo, que se ponga en contacto con nosotros.
Abraham no era una estadística.
No era un número.
Era amor.
Era amistad.
Era familia.
Era hermano.
Era hijo.
Era nieto.
Era compañero.
Era pareja.
Era un ser humano extraordinario que merecía toda la vida que tenía por delante.
Hoy lloramos a Abraham.
Y quienes le conocimos sabemos que el mundo es un lugar peor sin él.
Pero esto no trata solo de Abraham.
Porque hoy ha sido Abraham.
Mañana, por decisiones imprudentes al volante, podría ser tu hijo.
Tu hija.
Tu hermano.
Tu hermana.
Tu sobrino.
Tu sobrina.
Tu nieto.
Tu pareja.
Tu mejor amigo.
O cualquier persona a la que amas con todo tu corazón.
Ninguna familia piensa que le va a ocurrir.
Hasta que ocurre.
Y cuando ocurre, el dolor dura para siempre.
Por Abraham.
Por su memoria.
Por la verdad.
Por la JUSTICIA.
Y para que ninguna otra familia tenga que vivir este infierno.
JUSTICIA PARA ABRAHAM.
Elisabeth Ferrer
Motril, a 20 de junio de 2026