✍Antonio Gómez Romera
Domingo, 1 de noviembre de 2026
En el CCIXXI aniversario del terremoto de Lisboa
Hoy domingo, 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos, cuadragésima cuarta semana de 2026, se cumplen 271 años (sábado, 1755) del conocido mundialmente como el terremoto de Lisboa, una de las mayores catástrofes naturales de la Historia Moderna.

SITUACIÓN ANTERIOR AL TERREMOTO
En Portugal reina José I (1714 – 1777), apodado “El Reformador”, que ha dejado el poder en manos de su valido, Sebastião José de Carvalho e Melo (1699 – 1782), marqués de Pombal. Lisboa es el centro mundial del comercio de oro y diamantes extraídos de Brasil, lo que llena las arcas del reino y atrae a mercaderes de toda Europa. Es la cuarta ciudad más grande del continente europeo y funciona como el motor económico del país y un nudo clave para el reabastecimiento de las flotas que conectan África, América y Asia. Las aduanas y almacenes del puerto lisboeta se encuentran con grandes cargamentos de mercancías.

El Teatro de la Ópera del Tajo se ha inaugurado en abril. Desde Brasil llegan anualmente 125 arrobas de oro. En junio, la Corona funda la “Compañía de Grão-Pará y Maranhão” para potenciar la explotación de materias primas de estos Estados brasileños. A sus 44 años, el monarca se encuentra en su quinto año de reinado y es un amante de la música y disfruta de la caza. Los lazos comerciales hacen a Portugal totalmente dependiente de Inglaterra.

EL TERREMOTO, MAREMOTO E INCENDIO DE LISBOA
Esta mañana, Lisboa, la capital de Portugal, tendida sobre las colinas al borde del río Tajo, resplandece al sol. Sus habitantes se dirigen, en gran número, a las iglesias para asistir a la misa de Todos los Santos. Son las 9 horas y 40 minutos cuando un ruido terrible, que parece provenir del centro de la Tierra, se eleva al mismo tiempo que la tierra se pone a temblar. Algunos minutos más tarde, se cree que entre 6 y 10, la sacudida ha cesado. El grado de magnitud del terremoto se estima entre 8’7 y 9 de la Escala de Richter. El epicentro se encuentra en el océano Atlántico, al SW del Cabo de San Vicente, en el cinturón sísmico que va desde las islas Azores hasta el Estrecho de Gibraltar, a unos 300 kilómetros de Lisboa. Las calles han quedado reducidas a hileras de muros destruidos y a montones de piedras. Una nube de polvo oculta la luz del sol y, en esta noche repentina, los heridos gritan bajo las ruinas. La gente, alocada, corre hacia todos lados.

A las 10, un maremoto levanta olas de 12 metros de altura que cubren el puerto y la parte baja de la ciudad. Cuando el agua se retira, los muelles y las casas han desaparecido. Según José Manuel Martínez Solares, Jefe del Área de Geofísica del Instituto Geográfico Nacional y Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid, “en Lisboa, la ola penetró en la parte baja de la ciudad alrededor de 250 metros alcanzando una altura de 5 metros. Al norte, en Oporto, la máxima altura se ha estimado en 1,2 metros y en el Cabo San Vicente superaría los 10 metros”. Además, en las casas afectadas, el fuego de las cocinas donde se estaba preparando la comida se comunica a las cortinas y a los muebles y el incendio se propaga por barrios enteros, reduciéndolo todo a cenizas. Testimonios de dos supervivientes, un jesuita sin identificar y el comerciante inglés Thomas Chase (1729 – 1788) refieren que “El terremoto fue tan violento que las campanas de las iglesias sonaban solas. El mar subió más de diez metros en algunos lugares. La gente corría desnuda por las calles, pidiendo misericordia a Dios, pensando que era el fin del mundo”…“Mientras la gente celebraba el Día de Todos los Santos, se oyó un ruido subterráneo terrible, como el trueno más fuerte. La tierra comenzó a temblar violentamente. En menos de un minuto las casas empezaron a caer como castillos de naipes. El mar se retiró primero, dejando el puerto seco, y luego regresó como una montaña de agua, inundando la ciudad baja. Los incendios se declararon por todas partes y el humo cubrió todo durante días. Miles de personas murieron aplastadas, ahogadas o quemadas”. El embajador de España en Portugal, Bernardo Antonio de Boixadors y Sureda de San Martí, conde de Perelada, fallece en el siniestro.

EL TERREMOTO EN MOTRIL
El historiador motrileño Manuel Domínguez García escribió en su serie para El Faro de Motril, “RELATOS DE LA HISTORIA DE MOTRIL”, el artículo “UNA HISTORIA DE TERREMOTOS – EFECTOS DEL GRAN TERREMOTO DE LISBOA DE 1755 EN MOTRIL Y LA COSTA GRANADINA”, publicado el 10 de enero de 2023, en el que informa que “La costa de Granada se despertaba el 1 de noviembre de 1755 con un día claro, corriendo un viento muy suave en tierra y el mar sereno y a las nueve pasadas, según los informes de la época, la tierra empezó a temblar con una intensidad creciente, observándose que los edificios se movían fuertemente y cesando el movimiento sísmico con lentitud. Conocemos los efectos ocasionados por este enorme terremoto en la costa de Granada gracias a los informes que, a petición de la Corona, fueron enviados por los ayuntamientos de Almuñécar, Salobreña, Vélez Benaudalla y Motril, que se conservan en el Archivo Histórico Nacional. El alcalde mayor de Almuñécar, Bartolomé Valderrama, informaba “que en esta ciudad y los pueblos de su comprehensión, se sintió a la misma hora que en los demás, y su duración fue solamente de doce minutos, pero con tanta benignidad que no se ha experimentado la más leve ruina, ni desgracia y porque, igualmente, acaeció en los citados lugares de esta jurisdicción, de que me hallo informado”. El alcalde mayor de Salobreña, Fernando de la Riva Herrero, escribía igualmente diciendo que en la villa se había sentido el terremoto con movimientos de casas y edificios, “pero sin el más leve quebranto en cosa alguna, y sí éste fue visible, pues una de las fuentes llamada la Grande, que está en la falda del Peñón, en que se halla construida esta dicha Villa, el agua que vierte se detuvo su curso, quedando enteramente seca durante el terremoto, que sería como a hora de las 10 de la mañana de este día, por espacio de siete minutos, y fenecido, siendo como es cristalina, volvió a despedir las citadas aguas con tanta violencia que estas parecían sangre, que causó pavor a aquellas personas que se hallaron presentes”. En Vélez Benaudalla, su teniente de alcalde, Manuel de Machigal, informaba que el día 1 de noviembre como entre las 9 y las 10 de la mañana, hora que no sabía bien por no haber reloj en la villa, se notó sin que hubiesen señales previas, un temblor de tierra que duró como 5 o 6 minutos “advirtiendo su repetición, pues habiendo principiado, se suspendió un instante de tiempo volvió a conmoverse el suelo y paredes, que estándose celebrando en la Iglesia parroquial el Santo Sacrificio de la misa con dicho impulso y movimiento extraño el altar mayor, donde estaba el sacerdote, de oír crujir el enmaderado del techo y clamores de las personas que se hallaban en ella, dio asunto a que por dicho sacerdote se suspendiese, habiendo asegurado el sagrado vaso del Cáliz, temeroso se volcara, por estar hecho, cuyo pavor observaron dichas personas temerosas de que la Iglesia se arruinase. La desampararon yéndose a la calle, pero no permitió la Divina Majestad sucediese desgracia alguna, como ni tampoco en esta precitada villa y sus edificios, y comprehensión de ella haya fenecido sus ganados. Y las fuentes y ríos y arbolado que hay en sus inmediaciones se mantuvieran sin haberse aminorado ni experimentado estrago alguno”. En el caso de Motril, su gobernador político y militar Joseph del Trell, optó por incluir en el informe el testimonio de Gabriel Martín Velázquez, vecino de Calahonda de 105 años de edad que vivía en una cueva que el mismo había fortificado y hecho una especie de torre, actual cueva de Bigotes. Este hombre viudo sin hijos, muy temeroso de Dios y firme de cabeza, respondió al interrogatorio diciendo que “el terremoto empezó más cerca de las diez que de las nueve, sin señal antecede alguna y que la duración fue como de medio cuarto de hora y que se movió mucho su torre haciéndole caer al suelo. Afirmaba que el temblor venía desde poniente y que este terremoto le hacía recordar otro que él vivió en octubre de 1680 y que causó la ruina de muchas casas en Motril. No había ocurrido en la ciudad desgracias personales ni tampoco animales, algunas casas se habían quebrantado ligeramente y especialmente la torre y la nave principal de la Iglesia Mayor que eran de fábrica antigua. En acción de gracias se sacó, en la tarde de este día, en procesión las sagradas imágenes de la Virgen de la Cabeza y Nuestro Padre Jesús Nazareno, haciéndose un octavario con exposición del Santísimo Sacramento de la Eucaristía”.

COLOFÓN
En una Europa profundamente religiosa, el desastre fue interpretado por muchos como castigo de la divinidad por las transgresiones morales humanas. El hecho de que el terremoto ocurriera el Día de Todos los Santos, con las iglesias llenas de fieles, aumentó la sensación de que se trataba de un juicio divino.

El propio marqués de Pombal era un hombre de su tiempo, y junto a las pragmáticas medidas que dictó se encuentran también “organizar actos de religión de Su Majestad para apaciguar la cólera divina y agradecer al Señor sus buenas acciones” y designar a San Francisco de Borja protector del reino contra los terremotos. Este terremoto supuso un hito en la sismología que dedicó un amplio estudio a las causas y las consecuencias del terrible episodio que asoló el país luso.

La reconstrucción de Lisboa fue impulsada por la ciencia. Tratando de minimizar muertes en catástrofes futuras, apoyar las labores de evacuación y extinción de incendios, el marqués de Pombal se aseguró de que las tortuosas calles estrechas fueran reemplazadas por amplias avenidas, y de que los espacios fueran grandes y ventilados. Además, se utilizaron métodos de ingeniería innovadores con estructuras de madera flexible en las paredes de los edificios para que “temblaran pero no cayeran”. Para probar esa y otras medidas antisísmicas, hicieron que tropas marcharan alrededor de las edificaciones para simular temblores, llevando al nacimiento de la ingeniería sísmica.



