El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

CRUZAR EL VELO (2) -continuación de la primera parte publicada la pasada semana-

CONCHA CASAS -Escritora-

- ¡¿Que cita?! – mi asombro era sincero, no recordaba en absoluto haber quedado con él. De hecho mi tediosa jornada lo hubiera sido mucho menos, si esperase algo o a alguien después.

- Esta primavera – prosiguió pacientemente – te prometí que el primer sábado de Noviembre te llevaría de viaje, para ver algo que solo unos pocos privilegiados hemos podido contemplar ¿cómo has podido olvidarlo?

No supe ni que contestar. Todo el mundo aventura, promete, cita etc. sobre un futuro incierto que en realidad nadie cree. ¿Cómo pretendía Orestes que sobre un comentario que se hizo en primavera, creyese yo realmente en una supuesta cita el primer sábado de noviembre?

La gente de la tertulia a veces me confundía. Claro que me entusiasmaba tanto como a ellos todo lo que tratábamos allí, pero al menos hasta entonces, para mi era un divertimento, una evasión que me reconfortaba de la tediosa existencia que llevaba. Pero al salir de allí, era como si la fantasía y la magia se quedasen entre esos muros hasta la cita del mes siguiente.

Así lo sentía yo. Pero evidentemente no el resto de los tertulianos, ellos vivían en la magia todos y cada uno de sus días y lo habían convertido en algo que llenaba sus vidas.

Solo eso podía explicar que lo que para mi no eran sino unas palabras fortuitas dichas al azar, adquiriesen la categoría de cita para Orestes, aunque fuera a siete meses vista.

De manera que balbuceé una disculpa, e intenté recordar para qué nos habíamos citado con tanta antelación.

No podía evitar que la realidad me atrapara en cada esquina. A veces estando con ellos, sentía algo muy especial y creía estar cerca, muy cerca de ello,  a veces incluso llegaba a tocarlo con las yemas de los dedos. Pero quizás la sordidez de mi trabajo, o mi angustiosa situación personal de entonces (todavía andaba con los últimos papeleos de mi doloroso divorcio), me obligaban a poner los pies en tierra firme nada más abandonar su reconfortante compañía.

Conducía él y absorta como estaba en mis pensamientos, no me di cuenta de la dirección que tomaba, hasta que de repente comprobé que abandonábamos la ciudad adentrándonos en la Sierra.

- No es que quiera ser aguafiestas – comenté casi como disculpándome – pero no creo que sea el día ideal para ir de campo.

La lluvia lejos de amainar, arreciaba con rabia, casi ni distinguíamos el paisaje. Los limpiaparabrisas no daban a vasto desalojando los ríos de agua que caían una y otra vez sobre el cristal.

Con esa tranquilidad que caracterizaba a mi amigo me respondió con una media sonrisa.

-No te importará mojarte un poco ¿verdad?

- Pues… no – Me sentí obligada a mentirle pero en mi interior me aterrorizaba la idea de andar por el campo en semejantes circunstancias.

Nunca he sido muy rural precisamente, de hecho solo soy capaz de ver hormigas y moscas, cada vez que me he arriesgado a poner el pie más allá del sólido asfalto de cualquier ciudad, sus calles, sus edificios antiguos, sus museos, las mil y una posibilidades que te ofrece cada rincón, el poder descubrir siempre alguno nuevo… si, siempre he dicho que me aburre la naturaleza hasta en los reportajes de la dos.

Y allí estaba yo adentrándome en el bosque, cayendo a mi alrededor el diluvio universal y suplicando en mi interior para que Orestes recobrara la lucidez y diese media vuelta.

Pero nada más lejos de su intención. Según avanzábamos la expresión de su cara iba adquiriendo ese misterio tan particular, que tanto me fascinaba en las tertulias. Tanto es así que cuando por fin paró el vehículo casi había conseguido contagiarme algo de su excitación. Pero digo casi, porque cuando amablemente abrió mi puerta para que saliera al exterior, toda la angustia que me embargaba antes se volvió a apoderar de mí.

- ¡Vamos, vamos! no me irás a decir que te importa mojarte un poco.

¡Un poco! ¡Si aquello eran las cataratas del Niágara cayendo directamente encima de nuestras cabezas! Apenas se veía más allá del primer paso que pudieran dar nuestros pies.

A pesar de todos esos inconvenientes, incomprensiblemente accedí a acompañarle.

Tal y como me temía, la experiencia fue aún mucho peor de lo que imaginaba.

Orestes, a pesar de su gran corpulencia, caminaba sobre el barro como si de una pista de aterrizaje se tratara.

En contraste, yo. Con mis apenas cincuenta kilos y mi escaso metro sesenta de estatura, me hundía casi hasta las rodillas a cada paso, dificultando cada uno de ellos el posterior, ya que cada vez que levantaba el pie el peso de todo el barro se iba acumulando en cada movimiento.

Mi desesperación aumentaba cuando dirigía la vista hacia mi compañero de fatigas, por llamarlo de alguna manera, porque se le veía de todo menos fatigado. Avanzaba con la ligereza de una pluma, como si ni la lluvia, ni el cada vez más espeso lodazal le afectaran en lo mas mínimo.

CONTINUARÁ….

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Escrito por ElFaro en 8 jul 2019. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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