El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

CRUZAR EL VELO (1)

CONCHA CASAS -Escritora-

Después de tanto tiempo sin caer una gota, aquella tormenta se me antojó el diluvio universal. Bien es cierto que estábamos en otoño y lo normal era que cayese agua a mansalva, pero la fuerte sequía de los últimos años nos había acostumbrado a todo lo contrario.

Siempre he dicho que ver llover tras el cálido refugio de un gran ventanal es un placer como pocos, sobre todo si al momento lo acompaña una humeante y aromática taza de café. Pero todo ese maravilloso  encanto desaparece si en vez de a un lado del cristal, estamos en el opuesto.

Y precisamente eso fue lo que me ocurrió ese increíble sábado que cambió el resto de mi vida, o más bien el modo de enfrentarme a ella.

Precisamente tenía guardia en el juzgado, pero parecía que con el mal tiempo ni siquiera los cacos se habían atrevido a salir a la calle. De manera que en las cinco largas horas en que estuve allí, no tuve que atender ni un solo caso.

Por matar el tiempo, intenté poner algo de orden en el viejo archivo, pero el polvo acumulado durante años resucitó en breves minutos mi antigua alergia. De manera que tras estudiarme el periódico de arriba a abajo, me dispuse a resolver el crucigrama, encendiendo el décimo cigarrillo de la tediosa mañana.

Cuando ya la desesperación del aburrimiento había dado paso a una somnolienta quietud, apareció mi relevo.

Tras intercambiar los pormenores de la jornada – ninguno – recogí mis cosas y me dirigí hacia la salida.

Apenas había abierto el paraguas, cuando oí mi nombre:

- ¡Elisa! ¡Elisa!

Giré en la dirección de la que provenía la voz y enseguida lo vi. Metido en un pequeño coche, era casi imposible no fijarse en él, con su gran humanidad parecía fuera a reventar la carrocería de un momento a otro. Esa primera visión de Orestes me hizo sonreír. ¿Cómo podría un ser tan grande meterse en un coche tan pequeño?

- Te estaba esperando – me dijo mientras bajaba la ventanilla – anda sube.

Mientras lo hacía le pregunté:

- ¿A mí? ¿Por qué? ¿Te ha ocurrido algo?

Conocía a Orestes de mis visitas a la “Biblioteca”, un antiguo café en el que se organizaba una tertulia mensual sobre temas esotéricos. Hacía años que éstos despertaban mi interés, y el creciente aburrimiento que me inspiraba el mundo natural, me hizo buscar nuevas emociones en el sobrenatural. De manera que a través de un cliente, descubrí la existencia de dichas tertulias y aunque al principio me costó por aquello de mi imagen profesional y mi propia credibilidad, al final pudo más la curiosidad y me hice una contertuliana fiel e incondicional.

Allí acudían videntes, echadores de cartas, lectores de manos, quiromantes, magos y un largo etcétera de los personajes más variopintos que imaginarse pueda.

Al principio me sentí un tanto fuera de lugar, pero según los fui conociendo, descubrí que en su vida diaria cada uno de ellos llevaba una existencia absolutamente normal. Siendo sus profesiones tan corrientes como la de maestros, electricistas, médicos, amas de casa, e incluso algún otro letrado además de yo misma.

Entrar en aquel viejo bar te envolvía inmediatamente en un halo de misterio. Todo parecía pertenecer a otra época. La madera seguía siendo la base del mobiliario, incluidos el suelo y los techos. La luz eléctrica no había hecho su aparición, unos grandes quinqués iluminaban el lugar.

Nada más entrar, a la derecha una enorme estantería llena de libros antiguos, antiquísimos, tanto que un enorme cartel (escrito a mano con plumín y tinta) advertía de la conveniencia de no tocarlos, no fueran a desintegrarse. Supongo que esa estantería sería la que daba nombre al lugar.

Las telarañas que protegían los libros, también debían tener solera.

La primera vez que entré allí, hacía ya unos cuatro años, estaban en el mismo sitio que hoy en día. Incluso los más antiguos tertulianos las recuerdaban siempre ahí.

A pesar de ese detalle, la sensación que ofrecía el lugar no era la de suciedad, ni mucho menos. De hecho tanto las mesas, como el suelo, el mismo servicio, o la barra, relucían de limpios.

También todos y cada uno de nosotros adquiría un algo especial al entrar allí, quizás el brillo de la mirada o la intensidad de la misma, o el tomo de la voz que sonaba diferente, el caso es que dentro de nuestro refugio nada era vulgar.

Por eso quizás sonreí esa mañana al ver a Orestes. Fuera, en la calle era un gigante patoso, bastante alejado del gran hipnotizador que sobrecogía con sus técnicas a los que teníamos la suerte de poder contemplarlo.

No acostumbrábamos a vernos fuera de los seguros muros de la “Biblioteca”, por eso me sorprendió tanto encontrarlo allí.

- Que pronto olvidas tus citas – me recriminó entre serio y divertido.

CONTINUARÁ…..

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Escrito por ElFaro en 2 jul 2019. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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