El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

DESDE MI DESTIERRO

CONCHA CASAS -Escritora-

… Desde este mi destierro, al que me ha condenado la mediocridad de ciertos gobernantes, veo la montaña. No está lejos, se me antoja rotunda y firme como mi ánimo. Me han apartado, quitado del medio,  pero quizás y contra su intención me han hecho un favor. Estoy solo, condición indispensable para llegar a mí y a través mío a la creación. Mis mejores obras siempre han surgido de la soledad y como sé que mi sino está marcado y siempre para cumplir mi destino, debo dar las gracias una vez más porque la vida me lleva a donde debo estar.

A través de estos barrotes,  las historias que siempre han estado ahí esperándome, se colarán y cobrarán vida a través de mi pluma. Posiblemente esa sea la razón final por la que me han recluido. Claro que ellos no pueden ni alcanzar a sospecharlo. Sus mentes son tan mezquinas, tan mediocres, que solo ven lo evidente. Se sienten a salvo de mi, incluso me creen neutralizado. ¡Pobres de espíritu!, nunca podrán entender la grandeza de la libertad, de la posibilidad de expansión que mi alma ha sabido desarrollar para liberarse de la esclavitud del cuerpo y volar libre hasta la cima de esa montaña  que se yergue ante mi y desde ella, desde lo más alto,  poder ver lo que posiblemente ellos no alcancen nunca ni a soñar.

Me han dado todo lo que necesito, una mesa, papel y este minúsculo lápiz que se convertirá en la lámpara maravillosa,  de la que saldrán las historias que algún día darán sentido a este “castigo”.

De manera que solo me queda dar las gracias a los que han querido ser mis verdugos y se han convertido en el instrumento posibilitador de la creación.

Estamos solos el silencio y yo. Es curioso, este lugar siempre se ha caracterizado por el ruido, pero a este último rincón que han reservado para mí, ni tan siquiera llega el estruendo de las voces crispadas. Deben tenerme miedo, mucho miedo. Si no, ¿cómo explicar este regalo?

Puedo escuchar el ruido de los pájaros que amenizan este tiempo de introspección obligada y me recuerdan que la belleza está en cualquier parte, solo hay que querer verla. Y yo estoy ansioso por contemplarla.

También veo el sol, no me calienta, pero sus rayos iluminan lo que contemplan mis ojos.

En ocasiones veo pasar a alguien. Casi siempre son paseantes solitarios, sumidos en sus pensamientos, nunca me ven. Puedo observar sus gestos, sus miradas perdidas, a veces incluso siento que puedo leer sus pensamientos. Tras cada uno de ellos hay una historia, trágicas algunas, de triunfo otras, de felicidad pocas. Lo dicen sus caras, sus gestos.

El silencio también ha hecho presa en ellos y por eso sus mentes parlotean tan incesantemente que siento que puedo escucharlas. Y al hacerlo compruebo la poca diferencia que hay entre cada uno de ellos y como convierten algo pequeño  en algo insalvable. Han reducido el mundo, lo han hecho tan diminuto  que solo caben sus cuitas, no hay más horizontes, ni más perspectivas que las suyas propias.

A veces se entrelazan los pensamientos de dos viandantes. Razonan sobre lo mismo pero sus puntos de vista son tan egocéntricos,  que podría pensarse que lo hacen de cosas diferentes. ¡Extraña humanidad, que piensa, siente y padece lo mismo y sin embargo se aísla creyendo único su dolor!

Algún día saldré y el mundo reconocerá mi obra y esta será la mejor condena para mis verdugos, la que les dará la posteridad. Tendrán en ella el lugar que se merecen estos mediocres delimitadores de la vida.

Porque la verdad siempre sale a flote, por eso todas las guerras al final las acaba ganando la razón, que casi nunca abanderan los que han vencido con las armas.

No me anima la venganza, ya estoy lejos de esas pasiones, me mantiene vivo mi fe en la justicia y la creencia firme de que hago lo correcto. Por eso el castigo que me han impuesto  es aún más vano,  puesto que no lo siento como tal. Lo recibo como el regalo que me posibilitará cumplir lo que estoy llamado a cumplir.

El odio que los ha empujado a desplazarme es solo de ellos y para ellos se debe quedar, no quiero un ápice del mismo, me contaminaría.

El día de mi libertad se acerca, lo huelo, lo presiento, lo sé. Y ello me invita a trabajar con mayor ahínco, con más ilusión si cabe. Porque su desprecio me da la certeza de que estoy en el camino correcto, que me aleja de ellos y me acerca a la verdad. La verdad que algún día acabará devolviéndome a la libertad  y quitando la razón a los que ahora me privan de ella.

Ahora debo guardar silencio para en él poder escuchar lo que bulle dentro de mí. Será mi próxima novela. Schssssss… ya viene.

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Escrito por ElFaro en 10 jun 2019. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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