El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

TESTIGOS DE OTRO TIEMPO

CONCHA CASAS -Escritora-

Contempló aquel montón de cartas esparcidas sobre la mesa, todavía conservaba una en la mano. Había tardado dos semanas en releerlas todas. Las encontró en el altillo, intentando reorganizar aquel viejo desorden. Su primer impulso fue arrojarlas a la misma bolsa donde iba acumulando las cosas inservibles y ajadas por el tiempo que se acumulaban en aquel rincón.

Pero algo la detuvo y un impulso la obligó a parar y a abrir la primera de ellas. Ya habría tiempo de tirarlas.

Estaban dirigidas a ella pero a otra ella, alguien que habitó en un pasado en el que ocupó su cuerpo, cuando este era el proyecto del actual.

Los remitentes eran tan variados, como variados fueron los sentimientos que su recuerdo a través de aquellas líneas escritas hacía tanto tiempo, habían dejado en ella. De algunos era incapaz de recordar ni su rostro y sin embargo le seguían diciendo en esas palabras inmortales que la querían. La querrían siempre, solo tenía que coger uno de esos folios y volver a leerlo.

El misterio de un instante retenido hacía lustros.

Alguna de aquellas misivas tenía cerca de cuarenta años, pero el sentimiento que las hizo nacer seguía intacto en ellas. Su lectura volvía a provocar llanto o risa, o tristeza, o simplemente complicidad… que curioso, complicidad con quien ya ni siquiera existía.

Al menos no existían para ella, pero en algún sitio debían seguir respirando, leyendo, pensando, y quizás escribiendo cartas como las que en aquel lejano pasado le escribieron a ella. Aunque bien pensado, quizás esto último era lo mas difícil ¿había alguien que aún escribiese cartas?

De vez en cuando leía en la prensa sobre algún concurso de cartas de amor o desamor, pero aparte de esas, convertidas ya en un género literario, dudaba mucho de su vigencia como género de uso común.

Miró otra vez hacia el montón de sobres que se acumulaban frente a ella y sintió una inmensa tristeza. Pero curiosamente esa pena no era por el contenido que albergaban y que durante dos semanas la habían trasladado a una época y un tiempo que había creído perdido para siempre, su tristeza era por las cartas en sí mismas.

Ya nunca recibía cartas, sencillamente porque ya nadie las  escribía. Recordó entonces las historias que escuchaba de pequeña, aquellos maravillosos cuentos de hadas, princesas, dragones, castillos encantados… y recordó que en muchos de  ellos había una carta que era la clave para resolver el misterio que se cernía sobre la narración. Podía ser una carta que se perdía y cuyo contenido, de haber sido desvelado, hubiese cambiado la historia de los protagonistas, incluso en ocasiones de un país entero, o de la misma humanidad.

O bien una carta que aclaraba la situación comprometida a la que se había llegado por una sucesión de malos entendidos.

Esos papeles que descansaban frente a ella, encerraban parte de su vida, sentimientos que en algún momento marcaron  el curso de su periplo vital.

Entonces añoró a todos los que no estaban, pero sobre todo añoró las respuestas que ella dio a alguna de esas misivas y las preguntas que dieron lugar a esas otras.

¿Qué le había escrito previamente a Juan para que su carta fuese un desgarrador quejido de amor? O ¿Por qué Lisa le daba aquel ultimátum sobre algo que ni siquiera recordaba?

¿De que se quejaba Pedro con tanta insistencia, haciendo alusión a la carta que ella le había enviado?, incluso… ¿quién era Juan? ¿Y por qué esa  Lisa le hablaba en esos términos, como si tuviesen algo muy serio entre manos?

¿Guardarían ellos también las cartas que, evidentemente, ella les envió? En aquellos momentos habría dado cualquier cosa por tener acceso  a ellas.

Recordó a su padre cuando redactaba algún impreso en su despacho. Cualquier papel que salía de sus manos lo hacía por duplicado. Aquellos duplicados manchados de la tinta negra que el papel de calco dejaba siempre sobre ellos. Ojala y ella los hubiese usado cuando escribió sus propias cartas… Claro que entonces no se podría imaginar que cuarenta años después no se recordaría a sí misma.

A veces le costaba recomponer la que había sido su realidad hacía tanto tiempo. No sabía si eran recuerdos reales, o eran recuerdos de sus recuerdos, o quizás retazos de los recuerdos de otros.

Parecía como si lo único real que quedase de aquel tiempo, fuesen esas cartas. Lo que había escrito en ellas ocurrió y quienes lo contaban sintieron lo que aún esas viejas cuartillas transmitían.

Entonces decidió no tirarlas. Eran los únicos testigos de aquella otra que fue, de lo que sintió y despertó en otros. Y recogiéndolas como si de la más delicada de las criaturas se tratara las devolvió al altillo, quien sabe, quizás dentro de otros cuarenta años, alguien volvería a leerlas y a perpetuar una vez más los sentimientos que de no ser por ellas habrían desaparecido para siempre.

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Escrito por ElFaro en 14 abr 2019. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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