El Faro

RELATOS DE LA HISTORIA DE MOTRIL

Los primeros años de la década de los 20 en Motril

MANUEL DOMÍNGUEZ -Historiador. Hijo Predilecto de Motril-

La crisis económica que sufría nuestra ciudad desde 1916 se empezaría a superar al principio de la década de los 20, fundamentalmente porque el sector azucarero comenzaba a recuperarse con la introducción de nuevas especies de cañas mejor adaptadas a las condiciones climáticas de la zona y con el control estatal de los precios de azúcar.

Arsenio Rueda abre en marzo de 1920  la Estación Experimental de caña de azúcar en el Cercado de la Virgen y gracias a su extraordinaria labor venciendo grandes dificultades, la mayor de ellas la indiferencia general, introdujo unas nuevas variedades de cañas, POJ 2527 y POJ 2727, que traídas de Java eran más resistentes al mosaico y a las heladas que la típica de la tierra denominada Algarrobeña y producían mayores rendimientos en azúcar y que pronto convencieron a los cañeros y al Ayuntamiento, cuyo alcalde en 1921, Francisco Rodríguez Zorrilla, defendió ante sus amigos políticos de Madrid la ampliación del presupuesto destinado para las  investigaciones cañeras de Rueda.

Seguía, en estos años iniciales de la década, la guerra de precios y la competencia entre fabricantes de azúcar que impedía un desarrollo armónico de la economía local. En la temporada azucarera de 1921 funcionarían las fabricas Nuestra Señora del Pilar, San Luis, Azucarera Motrileña, Santa Isabel, Nuestra Señora del Carmen (antes Nuestra Señora de las Angustias) y la alcoholera Nuestra Señora de la Almudena que había sido construida en Minasierra por José de Burgos y Almudena Martel y Medina en 1912 y llamada popularmente la fábrica de El Habanero. La Sociedad General Azucarera seguía imponiendo los precios de la caña, pero la aparición de la nueva razón social “Plandiura y Carreras” que crea una sociedad anónima denominada “Azucarera Motrileña S.A.” que compra las fábricas de San Fernando y Santa Isabel e introduce una nueva visión a la problemática cañera, iniciando la ruptura de la guerra de precios al considerar que la agricultura y la industria del azúcar son dos actividades que se complementan y procuran dar satisfacción a los intereses de los productores de la materia prima en sus justas exigencias de obtener el debido rendimiento al capital invertido en la explotación cañera.

El paro y el hambre, de todas formas, seguían siendo endémicos en Motril especialmente en invierno. Los trabajadores agrícolas se reunían en la Rambla de Capuchinos. La mayoría no encontraba trabajo, pues los capataces sólo contrataban a unos pocos, los más jóvenes y fuertes y que no estuviesen afiliados a la Casa del Pueblo. Las obras del puerto estaban paralizadas desde 1919 y solo algunas obras urbanas como los adoquinados de las calles Zapateros, Marjalillo Bajo, Carrera, Muralla y Espaderos, realizados en 1922 durante la alcaldía de Antonio Jiménez de las Cuevas, empleaban a algunas decenas de obreros sin trabajo. Algunos empresarios locales al ampliar sus industrias, como la familia Burgos en su fundición de San Caralampio y la fábrica de tejidos de los señores Dinelli y Garvayo que se traslada a principios de 1923 desde la calle de Las Cañas al Llano de la Fundición, aumentan sus plantillas de trabajadores; pero en general el nivel de empleo es muy bajo y los salarios escasos para los niveles de precios de estos años.

Luis Plandiura y Pou, uno de los propietario de la “Azucarera Motrileña” conocida como la “Fábrica de San Fernando”

Miguel Primo de Rivera inauguraría la Dictadura en septiembre de 1923 y con una política paternalista, intentaría regenerar el país y acabar con el caciquismo.

Es en esta época cuando se desarrollan la mayoría de las obras de infraestructura de la ciudad, como son la instalación de la red de alcantarillado y gran parte de la del agua potable, la reforma de numerosas calles, del paseo de Las Explanadas, la compra del Canal de Aguas Potables. Se continúan también las grandes obras públicas como el puerto y las carreteras de Granada, Almería y Málaga; mejorándose indudablemente las comunicaciones con Motril.

En octubre de 1923 se destituye al alcalde Miguel Pérez Granés y se crea una Comisión Gestora Municipal que, elegida entre los mayores contribuyentes del municipio, es presidida por Juan de la Torre Moré y nos llega el primer delegado gubernativo, Celestino Cárcamo que, con el mesianismo característico del momento, pensaba lograr una verdadera transfiguración de la ciudad que no era solamente política, sino incluso moral. En el inicio de su proclama de toma de posesión hizo una alabanza a la ciudad que, curiosamente, incluía un juicio peyorativo de los que eran sus habitantes: “¡Hermosa, fecunda, bendita tierra que debiera ser terrenal paraíso, y que no supo escalar el puesto que le corresponde gracias a la desunión; gracias a la pasividad, a la falta de civismo, ¡a la sobra de pasión y a la estulticia de sus hijos!”

Estos delegados gubernativos tuvieron un cometido realmente inoperante, porque carecían de misión específica y del poder suficiente para poner coto a los abusos de los caciques. Enviados principalmente a combatir el caciquismo, paradójicamente pronto se convirtieron en los nuevos caciques locales y con toda una constelación de clientes y amigos políticos, ejercieron un poder casi despótico en Motril.

URL: http://www.elfaromotril.es/?p=112417

Escrito por ElFaro en 6 abr 2019. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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