El Faro

EL ÚLTIMO VIAJERO ROMÁNTICO

EL CIEGO

IÑAKI RODRÍGUEZ -Escritor-

Llegué caminando al Monte Sacro por la Cuesta del Chapí. Las chimeneas lanzaban humo como gargantas de dragones enfurecidos. Era la Navidad del año del Señor de 1880. Me detuve en la puerta de un alfarero muy conocido en la ciudad a descansar un instante. Antonio era ciego de nacimiento. Con sus manos trabajaba el barro desde que despuntaba el sol hasta el ocaso. Era de corazón alegre y se prestó a conversación amable y dicharachera. Me contó como su padre le enseñó tan honorable oficio cuando tenía once años. ¨Dicen que las manos son el espejo del alma. Mi espíritu quiere construir ¡Pobrecitos aquellos que destruyen vidas y relaciones personales! Desbaratan sus cuerpos, mentes y almas. Anhelan una vida placentera y sus placeres y su holgura se esfuman como humo en el cielo. Son leña que se consume, cenizas que se lleva el viento. Toda la ciudad está ahora llena de sueños efímeros que se desvanecen en el aire. El fuego es amor, si no echas leña se apaga. El amor lo es todo¨, apostilló. Sus vecinos también se habían sentado a escuchar. Su voz era serena y cálida. Nos caldeaba como un rayo de sol, limpio y puro, a pesar del aire frio de la sierra. Continuó diciendo: ¨Algunas personas se ponen escudos; broqueles invisibles que les defienden; salvaguardias imperceptibles que les aíslan. Nada malo les traspasa, pero tampoco nada bueno. Están hechos de tierra y agua y el barro endurece sus adentros. Tienen corazón que no siente, oídos que no escuchan y ojos que no ven¨. De pronto bajaron de un carruaje dos bellas damas y preguntó una de ellas: ¨¿Quién cuenta esas cosas tan bonitas?¨. ¨Es Antonio, el alfarero¨, respondí y un susurro entre los allí presentes se propagó como un eco: ¨¡son princesas!¨. ¨Nos gustaría que nos acompañara en nuestra calesa y usted también, gentil viajero. Vamos a la Abadía a preguntar al Abad si puede casarnos este verano con los duques de Medinaceli y de Ahumada¨, replicaron emocionadas. ¨Será un honor¨, contestó Antonio y prosiguió: ¨Conozco bien al Abad e intercederé por sus altezas. Sus voces son tan dulces que nada podría no hacer un hombre ante tanta bondad¨. Cuando montamos en el coche de caballos todo el mundo nos siguió; nadie quería perderse tan inusual acaecimiento. Al llegar a aquel hermosísimo paraje nos recibió el superior y primero abrazó a Antonio. El cantarero le expuso el motivo de la visita y entramos en el monasterio tras ellos. El prior configuró en unas horas, junto con sus excelencias, todos los detalles que tendrían lugar en su día más especial. Las dos muchachas estaban encantadas de haber resuelto esa ardua tarea y nos invitaron, a Antonio y a todos los que estábamos allí, al magnánimo acontecimiento. Cuando llegó el esperado día, fui a recoger al ciego para acompañarlo por la vereda que lleva a la Iglesia. Muchísima gente se agolpaba en calles colindantes. Los invitados no cesaban de pasar en sus coches de caballos y los vecinos no invitados tampoco dejaban de curiosear. Entre tanto, el Regimiento de Saboya se desplegaba en ambos márgenes del camino. Al entrar en la vivienda del barrero encontré a Antonio gimiendo. Se tapaba el rostro con las manos y la casa estaba vacía.¨¿Que ha ocurrido Antonio?¨, pregunté. Tras unos minutos de espera que parecieron un siglo, por fin levantó la cara y relató cómo había perdido sus pertenencias a causa de su único hijo. El zagal era un jugador empedernido asiduo al casino de la Cuesta de los Chinos. Me contó que, por saldar las deudas de su heredero, tuvo que vender todo y se quedó sin nada. Al preguntarle si quería venir a la boda de las princesas disintió con tristeza. Le dejé allí sin más, sentado sobre lo único que detentaba (un viejo y deshilachado colchón), donde esperaba irremediablemente a los nuevos dueños del lar. La abadía y sus alrededores estaban repletos de gente y tras abrirme paso a empujones, enseñé mi invitación a los soldados que custodiaban la puerta. Sus altezas reales lucían primorosos trajes de novia, blancos como la nieve, que competían en candor con los rostros de las soberanas. Los duques vestían a su vez impolutos uniformes militares. Las campanas repicaban igual de enardecidas que la multitud presente. Pasadas varias horas, al finalizar el evento, conté a las infantas lo que había acaecido a Antonio. Me invitaron a subir junto al cochero a un carruaje tirado por seis cordeles blancos y ordenaron a éste dirigirse de inmediato a la casa del invidente. Durante todo el trazado una muchedumbre enloquecida, en su mayoría niños, nos perseguía corriendo y chillando. Al llegar, encontramos al hombre medio tumbado en el tranco de la que fue su puerta, en el soportal de la que fue su casa, mendigando con el brazo extendido y la palma de la mano abierta, pidiendo para poder comer. En ese preciso momento, una marquesa que también volvía del enlace, cruzó delante suya ignorando plenamente su existencia. Entonces una de las princesas exclamó indignada: ¨¡Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada!¨. Las infantas otorgaron a Antonio el titulo de Alfarero Real y pudo recuperar su trabajo y su hogar. El abad, tras enterarse de lo ocurrido, mandó inscribir en cerámicas de fajalauza tan famosa frase, en el rincón más bonito y con mejores vistas del Sacromonte.

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Escrito por ElFaro en 23 mar 2019. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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