El Faro

EL ÚLTIMO VIAJERO ROMÁNTICO

LOS DELFINES TAMBIÉN BAILAN

IÑAKI RODRÍGUEZ -Escritor-

Todo empezó con un sueño. Soñé una noche de verano, que el mar había llegado hasta la fachada del edificio donde vivía. Dos delfines brincaban próximos a la cornisa del ventanal. No lo pensé dos veces. Me arrojé al agua y, agarrado a sus aletas dorsales, cruzamos el estrecho de Gibraltar; pusimos rumbo a las Islas Canarias y después a Sudamérica. Los delfines hablaban entre si y, de vez en cuando, hacíamos saltos acrobáticos, pincelando piruetas en un horizonte de luz y agua salada. Poco a poco me acostumbré a su lenguaje y empecé a entenderles. Querían enseñarme lo majestuoso que es el mar, lo bello que es el mundo. Después de un viaje inolvidable, nadando junto a otros delfines y cachalotes, mis amigos me devolvieron a casa. Al día siguiente tenía el acontecimiento más importante del año: la fusión, a nivel mundial, de nuestras empresas de producción de plástico con las petroleras. Entré en la reunión ensimismado. Comenzaron mis compañeros de trabajo a ofertar grandes beneficios al sector del petróleo. Fueron tomando el turno, uno a uno, los directores, barajando cifras astronómicas de producción de plásticos, de los cuales millones irían a parar al mar. Llegó el momento de hablar como director general de la compañía. Tenía la garganta seca. Cogí un vaso de agua, bebí un sorbo y dije: ¨Los delfines quieren que no continuemos¨. Todos se miraron asombrados. ¨Debemos utilizar nuestras instalaciones para investigar sobre la producción de plásticos biodegradables¨, proseguí. Nuestros colegas del Este se pusieron súbitamente a susurrar y salieron de la sala, sudorosos y en silencio. Mis compañeros me recriminaron haber perdido tan fantástica oportunidad para expandirnos y consolidarnos a nivel mundial. El jefe vociferó y me pateó de la empresa. Al tener ya cierta edad, fue imposible recomponer mi vida laboral y acabé rebuscando entre las basuras. Tras varios años durmiendo bajo un puente, una noche helada, hubo una reyerta y me confundieron con el agresor, un pobre esquizofrénico que había apuñalado a alguien. Ingresé en el manicomio por error y, estando allí, volví a soñar con delfines. Soñé que al abrir la ventana de la habitación, aparecían de nuevo, tras los barrotes que me separaban de la libertad. Danzaban en perfecta simbiosis con el mar, con una puesta en escena de una belleza y talento deslumbrantes. Al despertar, me vi rodeado de varias personas. Un hombre sujetaba una jeringuilla. Se acercaba lentamente, hasta que lo tuve completamente encima. Sus ojos huían de sus órbitas. Tenía una expresión siniestra y la cara cuajada de cicatrices repugnantes ¡Era el loco que mató al mendigo! De la aguja salía un líquido amarillento que olía a putrefacción. Intenté explicarles rápidamente: ¨Los delfines son unos mamíferos inteligentísimos, sienten y hablan entre ellos y cuidan muchísimo la naturaleza. Y no sólo eso ¡los delfines también bailan!”. Entonces una extraña sensación recorrió mis venas, transportándome lentamente a algún lugar lejano. Allí finalicé aquél viaje, flotando al compás de las mareas…

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Escrito por ElFaro en 7 mar 2019. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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