El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

CUENTO DE NAVIDAD

CONCHA CASAS -Escritora-

Hacia frío, un frío tan terrible como jamás había sentido. Eran veinte los que se apretujaban en la pequeña patera que los llevaría a España, al dorado, pero ni el calor humano les impedía temblar como hojas. Wninna se alegró de que su hijo estuviese en su barriga, seguro que ahí no sentía esa terrible humedad que los estaba matando. Le habían avisado que esa era la peor época del año para aventurarse en el mar. Pero a la vez era una noche especial para los europeos, nochebuena la llamaban y acostumbraban a pasarla en sus  casas reunidos con sus familias. De manera que entre eso y el terrible frío, que poco invitaba a salir,  era muy posible que consiguieran llegar a alcanzar su objetivo sin ser vistos.

En cualquier caso no le quedaba mas remedio que hacerlo, su hijo estaba a punto de nacer no podía esperar más. Quería hacer la travesía con él dentro, allí estaría a salvo de los rigores que padecería si lo llevase en brazos. Le hubiese gustado hacerlo en verano, cuando las temperaturas eran más suaves y su barriga todavía le permitía moverse con agilidad, pero entonces fue incapaz de conseguir la elevada suma que le pedían para realizar la travesía.

Sabía que muchos morían en el camino, pero la condena a muerte ya la tenía. A una muerte lenta y terrible,  a la que ahora se le añadiría ver cada día desfallecer a su hijo. No tenía nada que perder, muertos ya estaban.

Llevaban tres días amontonados en ese cascarón flotante, les dijeron que en apenas dos noches conseguirían su objetivo y esa era ya la tercera, de manera que no podían tardar. No tenían nada para comer y del agua apenas quedaban unos sorbos. Las mantas con las que se cubrían estaban tan mojadas,  que daban más frío,  si es que eso era posible. El olor era insoportable, a pesar de haber evacuado al agua el producto de sus necesidades,  el ambiente empezaba a ser irrespirable. Aún así lo que más le preocupaba era ese pinchazo que se le había clavado en los riñones hacía unas horas. Según sus cuentas aún faltaba una semana para el parto,  pero el peso cada vez se le hacia más insoportable. Será por la postura, son muchos días sin moverme, intentaba consolarse a si misma. Pero esa noche la intensidad,  cada vez más frecuente de ese dolor,  le hizo temer lo peor.

¡Hijo espera!, lloraba desesperada. Ni siquiera tenía espacio para separar las piernas. ¡Espera, espera, por favor seguro que queda poco, espera!

De entre las nubes surgió un resplandor. Era la luna. Estaba llena. Eso la hizo lanzar un alarido desesperado. El momento había llegado, no tardaría en empezar.

Sin embargo al despejarse el cielo y dejar paso a esa inmensa luz,  hizo que con esta se percibiera lo que parecía la silueta de la Costa. El patrón de la embarcación la siguió y como dos mil años atrás  la luz de una estrella guió a tres magos de oriente hacia la cuna de un niño, en esta ocasión guió a un niño que estaba por nacer a la que sería su cuna.

Con cada contracción sentía que se acercaban a la orilla, deprisa, deprisa, gritaba intentando calmar su dolor.

En tierra sonaban villancicos, era la noche del veinticuatro de Diciembre y todos estaban al calor del hogar para celebrar el aniversario de  otro nacimiento. Se acercaba la hora de la misa del gallo, por eso Evelina y Rogelio salieron de su casa. Irían por la playa, aunque la noche era fría,  la luna llena mostraba un panorama único al reflejarse en el inmenso mar. Poco podían imaginar que se encontrarían con un belén viviente.

Apenas tuvo tiempo de llegar a tierra. Casi todos salieron corriendo, era lo que siempre les habían dicho, si llegáis a la orilla corred y no parad hasta que sea de día y estéis lejos del lugar donde atracó la barca.  Ella sabía que no podría hacerlo, pero al menos su hijo nacería en tierra firme. Arrastrando su dolor se dejó caer contra unas rocas, apenas se recostó cuando sintió que se le abrían las entrañas. El grito desgarrador que la ayudó a empujar a su criatura hacia fuera, alertó a Rogelio y a Evelina que se dirigieron hacia el lugar del que provenía.

Llegaron a tiempo de recoger al pequeño, que en esos momentos se escurría entre las piernas de su madre. Llamaron pidiendo ayuda y mientras esta llegaba,  abrigaron a la madre y al niño con las prendas que ellos mismos se quitaron.

Eso noche no asistieron a  la misa del gallo, pero de alguna manera sintieron que el milagro se había repetido  y que al decidir alargar su paseo por la playa,  sencillamente fueron guiados por otra estrella,  que les permitió ser el instrumento que posibilitó que la magia de  la vida volviera a repetirse.

Wninna y su hijo habían revivido un misterio ancestral que ellos ni siquiera conocían. Su niño se llamó Jesús por moción popular. Aún sin entender muy bien ese extraño nombre,  comprendió que alguien llamado así había sido el responsable indirecto  de que su historia apareciese al día siguiente en todos los periódicos.

A Wninna le tocó la lotería sin saber siquiera que esta existía. Pero lo mejor de todo fue que la comunidad a la que pertenecían Evelina y Rogelio,  ese año entendió al fin el verdadero sentido de la Navidad.

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Escrito por ElFaro en 25 ene 2019. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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