El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

COMPAÑEROS

CONCHA CASAS -Escritora-

Hacía cinco años que compartían cada día ocho horas. Esto hacía que exceptuando las noches, que lo que se hacía era dormir, pasaban juntos más horas que con cualquier miembro de sus respectivas  familias.

Sin embargo eran apenas unos desconocidos y no precisamente bien avenidos. Cuando abrió la sucursal y se  hizo la selección de personal fue cuando se vieron por vez primera, salvo Olga y Andrés que, aunque ahora nadie lo diría, eran amigos de antes, nadie conocía a nadie previamente. Y ocho horas sentados cada uno frente a su ordenador dan para mucho.

A diario en la hora del desayuno, cada uno se ubicaba con los que en apariencia más afinidad tenía. Normalmente hablaban sobre cosas banales, a no ser que algún tropiezo con alguno de los “otros” los llevase a despiezar casi literalmente al desafortunado de turno.

En tan pequeño espacio parecía imposible que cupiesen a la vez tanto odio, resentimiento e inquina. Por eso cuando Elena llegó a su nuevo destino,  fue como si una brisa de aire fresco recorriese la oficina, hasta penetrar en el más alejado de sus rincones. Era nueva, en principio susceptible de cualquier cosa, de unirse a cualquiera de los dos bandos en los que evidentemente se dividían los que allí trabajaban. Parecía mentira que siete  personas pudiesen llevarse tan mal entre ellas.

Elena notó enseguida la tensión. Era imposible no percibirla, casi podía cortarse de cómo pesaba en el ambiente. No los conocía. Y francamente no tenía el más mínimo interés en involucrarse en una guerra que no le concernía.

Lo más curioso es que nadie sabía exactamente qué la había desencadenado. “Es así desde siempre” fue lo más que pudo sacar en los ratos del café matinal.

Enseguida se dio cuenta de que un trasfondo de envidias y celos profesionales ahogaban a los trabajadores que allí compartían su tiempo.

Aunque era difícil, consiguió, al menos el primer año, conservar la sonrisa y la frescura con las que había llegado allí. Pero el aire estaba tan enrarecido,  que sentía que en cada inhalación se contaminaba con el más feroz de los odios y este,  se instalaba en su pecho privándola en ocasiones hasta de la respiración.

En ocasiones, aunque no fumaba hacía ya más de tres años, salía a la puerta con la falsa excusa de fumar un cigarrillo que nunca llegaba a encender, pero que le servía para descongestionarse del cargado ambiente del interior.

Al pasar los meses,  fue descubriendo que los centros de  tensión eran Olga y  Andrés.  Fueron los primeros en llegar allí, incluso creyó escuchar que eran amigos de la infancia. Pero evidentemente eso fue mucho antes de pasar encerrados ocho horas cada día. La inteligencia de ella no pasó desapercibida a los jefes y enseguida inició una ascendente carrera,  que quizás se había visto frenada porque había tocado el tope que los directivos marcaban y desgraciadamente en aquella sucursal,  el tope se alcanzaba enseguida.

Andrés incapaz de ver la evidente superioridad intelectual de su otrora amiga, empezó a sentirse víctima de maléficas maquinaciones para apartarlo de los puestos más altos y aprovechaba cualquier ocasión para fustigar a su “compañera”. Esta al principio intentó ignorarlo (eso contaban los más antiguos afines a ella) pero a fuerza de machacar y machacar,  acabó entrando en un juego que amenazaba con destruirlos a ambos.

Esta era una versión. La otra, la de los incondicionales  de Andrés, era muy diferente. Según esta, Olga al entrar se alió con su jefe (los más osados insinuaban que incluso se lió con él) y que gracias a eso fue ascendiendo a expensas de su amigo,  a quien dejó en la estacada en más de una ocasión por propios intereses.

Desde la objetividad de Elena era difícil creer ninguna de las dos. Al menos al cien por cien. Pero lo que era evidente era que hasta la salud de ambos se estaba resintiendo. En el último año Olga había cogido la baja en dos ocasiones por depresión y su contrincante tres más,  por fuertes dolores abdominales de origen desconocido.

Elena intentó persuadirles para que cambiaran su actitud,  pero era algo poco menos que imposible. El odio había anidado en ellos y los iba devorando lenta y duramente.

Tan irrespirable se llegó a hacer el ambiente,  que Elena tras dos años en el infierno, así recordaría después su paso por esa oficina, comenzó a repartir sus curriculums por toda la ciudad,  hasta que consiguió un empleo similar al que tenía allí,  pero libre del odio y el rencor que hacían de aquella estancia un lugar irrespirable.

En el maremágnum de la ciudad, perdió de vista a sus antiguos compañeros, hasta que algunos meses más tarde se encontró a uno de los partidarios de Olga en la estación de autobuses.

Como es lógico le preguntó por todos sus antiguos compañeros.

-¿No lo sabes? fue muy comentado. Creo que incluso en la revista Ocio y negocios le dedicaron unos renglones. A  Olga le diagnosticaron, al poco de irte tu, un cáncer de estómago, creo que está en las últimas y  Andrés no salió mucho mejor parado. Un infarto lo apartó para siempre de la vida laboral, fue tan fuerte  que le hizo trizas la aorta. Es casi un inválido.

Dicen que ambos fueron víctimas de su odio. Yo no sé si creerlo o no, pero te puedo asegurar que desde que se fueron algo cambió en la oficina… no sé, fue como si de repente el aire se renovara. Será cruel decirlo pero fue un descanso para todos que ambos se fueran.

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Escrito por ElFaro en 7 ene 2019. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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