El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

VOLVER A EMPEZAR

CONCHA CASAS -Escritora-

Cuando el mundo se cayó sobre mí, vivía uno de los momentos más estables y cómodos de mi tortuosa vida. Quizás para ser más exactos, debía decir que por primera vez en mi azarosa existencia,  la palabra estabilidad empezaba a cobrar significado.

Nunca supe exactamente que ocurrió con mis padres, a menudo he llegado a sospechar que nunca existieron. Quiero decir que no existieron esos padres legendarios de los que apenas supe nunca nada. Me crió una tía ya mayor, “único familiar que quiso hacerse cargo de mi”. Creo que esa frase la escuché de su boca durante toda mi infancia. A veces, ya mucho después, he llegado a sospechar que mi verdadera madre fue ella y que en aquellos duros y difíciles tiempos inventó esa historia para justificar mi presencia, en una casa donde nunca entró un hombre (al menos oficialmente). Si es así, debió ser muy duro para ella representar ese papel de tía amargada durante tantos años. El caso es que su falta de afecto, o de demostraciones del mismo, que para el caso viene a ser igual, me llevó a vivir una infancia totalmente volcada en la calle, apenas aparecía por la modesta casilla para comer algo (cuando había) y para dormir en invierno, porque en verano las más de las noches, ni eso.

Pronto aprendí a buscarme la vida, no hay mejor escuela que la calle. Desgraciadamente el colegio lo abandoné muy pronto. Entonces, porque erróneamente pensaba, que todo lo que merecía la pena saberse, lo aprendería en la calle. Cuando comprobé mi gran error, ya era demasiado tarde. O al menos eso me pareció entonces, ahora creo que nunca es demasiado tarde para nada…

El caso es que con trece años ya ganaba un sueldo. Acompañaba a un fontanero, le llevaba todo el material y aprendía el oficio. Aunque  no era muy generoso,  en algunas ocasiones me daba cinco duros para que me tomase una coca cola en el bar de la esquina, mientras él terminaba unos remates. Tardé poco en comprobar que siempre que esto ocurría, se trataba de la casa de alguna señora de buen ver.

Poco a poco fui teniendo mis propios clientes. El tiempo pasó tan rápido que cuando quise darme cuenta me había  convertido en un todo un señor cuarentón, que tenía a su servicio dos o tres zagales  a los que de cuando en cuando mandaba al bar de la esquina para ser yo quien “rematara” los detalles.

El tiempo había pasado por mi, pero yo no por él. En ocasiones me sorprendía ese señor mayor que me miraba desde el espejo. No había asumido ninguna de las supuestas premisas que la madurez debe llevar consigo. Me sentía el eterno jovenzuelo libre de responsabilidades y con todo por vivir. Cada día que amanecía era una aventura y como  tal me enfrentaba a ella. Nunca asumí ningún tipo de responsabilidad, pero simplemente porque no surgieron, si hubiese aparecido en mi vida esa mujer maravillosa y única con la que todo hombre sueña, quizás todo habría sido diferente. Habrían venido los hijos y con ellos la necesidad de organizarse… pero nada de eso ocurrió. No estaba escrito en mi destino y jugué a ser eternamente joven. Quizás por eso tampoco planifiqué nada. Tampoco había nada que planificar, ni siquiera sabía todavía qué iba a ser de “mayor”.

Lo de la fontanería empezó por pura casualidad, yo nunca pensé dedicarme a eso, pero de nuevo el destino decidió por mi y resulta que tenía un oficio que yo no había buscado y algo parecido a una empresa. Aunque conciencia de ello la tomé después, cuando ya no hubo remedio.

Me despertaba cada mañana esperando la sorpresa que cambiaría mi vida y le daría el rumbo para el que había venido a este mundo, que seguro era para algo grande. Y mientras pasaba el tiempo sumido en mis alegres noches y trabajados días. Aunque tampoco era consciente plenamente de ello. Vivía al día, nunca me empeñé en nada. No necesitaba gran cosa.

Los primeros años compartí piso con otros tres jóvenes. Un tiempo después, supe que mi tía me había nombrado su único heredero, cuando un señor vestido de negro llamó a mi puerta para darme la triste noticia de su muerte y la otra menos triste de su herencia.

La casilla donde me crié situada entonces en las afueras, se había incorporado a una zona de modernas construcciones y pude sacar por el solar una cantidad suficiente, para comprarme un pequeño piso en la zona donde habitualmente me movía. No necesitaba más. Tampoco lo tenía. No tenía cuentas corrientes, ni seguros sociales, ni nada que me convirtiese en un ciudadano de pleno derecho. Era joven y tenía toda la vida por delante.

Tardé poco en descubrir que todo eso era un espejismo. Ya estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta cuando sucedió la hecatombe. Uno de los chavales que trabajaba conmigo, se llevó una mano por delante cuando intentaba cortar una tubería. La visión de la sangre, esa mano caída sobre el suelo… todo ocurrió tan deprisa que no supimos reaccionar…

Lo demás vino rodado, todo el peso de esas leyes a las que nunca me había sometido, cayó sobre mi.

Asistí al espectáculo de mi crucifixión como un espectador lejano y ausente. No alcanzaba a comprender nada de lo que me estaba ocurriendo. Yo no podía ser ese individuo supuestamente asocial y sin escrúpulos al que aludían una y otra vez, culpabilizándolo de delitos tan graves, que ni su nombre acertaría a repetir.

De eso hace un año. La sentencia me arrebató todo lo que tenía, que era el piso que me había  dejado mi tía y poco más.

Fue entonces cuando cobré conciencia de la edad que tenía y del mundo en que vivía. Solo y casi tan desnudo como cuando llegué al mundo, tuve que empezar de nuevo. Lo hacía ligero de equipaje, tenía que conseguir que mi alma dejase de ser esa pesada carga que me impedía conciliar hasta el sueño.

Anoche por primera vez en mucho tiempo logré dormir de un tirón, creo que esta mañana el sol ha vuelto a adquirir el brillo dorado que antes siempre tuvo, sé que empiezo de nuevo.

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Escrito por ElFaro en 22 may 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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