El Faro

EL VERBO PROSCRITO

ECOS Y OCASOS

JUAN JOSÉ CUENCA -Escritor-

En el ocaso de la humanidad, cuando ya apenas quede nada y nadie quede para recordar lo que una vez hubo, todo se volverá, de repente, un poco más nítido. Porque lo efímero de la vida hace que, muy de vez en cuando, obviando sutilezas y nimiedades, recorramos con la mirada y con el alma lo verdaderamente importante. En nuestra sociedad se ha pasado del pensamiento, del ensimismamiento que antaño nos procuraba cierto bienestar y conocimiento básico de nuestro entorno, a una placidez total y absoluta, a una relajación del saber en pro de quimeras fantasiosas y poco constructivas. La prisa, el hastío prolongado y sin cura, una alimentación que deja mucho que desear…, todo se implica para ralentizar nuestra percepción del medio que nos rodea. Y de lo que verdaderamente importa.

La finalidad última del aprendizaje parece ser aquello que no debiera ser: una repetición de aspectos y nociones que nos ensamblan encadenadas a un mismo pensamiento institucional, poderoso e incuestionable. Así nos vemos arrastrados por las circunstancias sociales imperantes en cada momento y perdemos la identidad única, especial, que nos hace diferentes al resto de los mortales. Todo está programado previamente, pactado, para que optemos en masa por el mismo camino, que no siempre es el correcto ni el que más nos conviene. La institucionalización de la que hablábamos antes, proyecta una sombra gris y densa sobre nuestras espaldas que nos lastra y nos hace desacelerar el paso para que podamos detenernos y empaparnos en la doctrina de lo políticamente correcto.

Una sola mente, una mente común e idiotizada no puede pensar claramente por muchos cuerpos que la soporten, es decir, cuanto mayor sea la masa, mayor posibilidad de éxito de que la idea primigenia y libertadora que nos vuelve entes con personalidad propia y apropiada, quede relegada al ostracismo y a la oscuridad más absoluta. Es peligroso pensar por nuestra cuenta obviando el interés patriótico y samaritano de las ideas preconcebidas para satisfacer siempre los mismos bolsillos. La premura en la alineación del pensamiento no responde al interés general, sino al menosprecio por la capacidad humana de aislarse y crear nuevos métodos de vida alternativa con una visión que favorezca al conjunto, no a unos pocos.

Tendríamos que detenernos un rato y meditar hacia qué punto nos dirigimos y, por supuesto, en el que nos encontramos. La particular asepsia con que tratamos la cotidianidad de las cosas, de las noticias que recibimos y atesoramos, es la que hace que nuestra guardia baje y nos mostremos más expuestos a la incertidumbre y al devenir de unos acontecimientos que nada tienen que ver con nosotros la mayoría de las veces. Pero es que necesitamos estar siempre en el meollo del asunto, dilucidar sin arte ni parte, preocuparnos y hasta enfadarnos sintiendo y reaccionando ante noticias que nos quedan bastante lejos. Luego, cubriremos nuestras verdades y miserias con una pátina de desapego y utopía inalcanzable que nos volverá aún más grises e infelices.

Todo termina, todo es finito y habremos de rendir cuentas por todo lo acontecido. Por nuestros despropósitos, pero también por nuestra desidia y nuestros intencionados olvidos. A nadie le queda duda de que vivimos en la era de la desinformación más cáustica y dañina. En efecto, y no peco de exagerado en afirmarlo, cuando creemos conocerlo, saberlo todo y cuando las noticias (tanto buenas como menos buenas) se nos sirven en bandeja por medio de innumerables medios y plataformas de la forma más agresiva que hemos conocido en las últimas décadas, no nos damos cuenta (o lo ignoramos a propósito) de que la mayoría de las veces nos están mintiendo, son noticias completa y absolutamente falsas. Algunas llegan a rozar lo inverosímil y el esperpento, pero aún así caemos en la trampa de creérnoslas porque necesitamos hacerlo, porque necesitamos fundirnos y adherirnos a la masa incontrolablemente, lo mismo que también necesitamos la aprobación de esa misma masa. La integración. No nos detenemos ni un segundo en dilucidar si esa información que nos va colmando es realmente cierta o una noticia falsa que termina por hacerse viral gracias a las redes sociales. Últimamente se ha acuñado un nuevo término para este tipo de noticias que puso de moda Donald Trump al ser investido presidente de los Estados Unidos y defenderse de múltiples acusaciones al grito de: Fake news!!

En efecto, estas “fake news”, estos rumores o noticias amañadas para atrapar la atención y sin ningún tipo de fundamento o base que las sustente, pueden hacer y de hecho están haciendo un daño inmenso. La rapidez, la inmediatez de la propagación hace que, una vez lanzada la noticia falsa, sea casi imposible detenerla y desenmascararla.

Podría aplicarse el cuento Cristina Cifuentes y salir a la calle a airear a los cuatros vientos embadurnada de cremas de 40 euros escamoteadas en algún supermercado de barrio (las féminas con zapatos de Prada también compran en los supermercados de barrio, o disimulan como si lo hicieran) alguna consigna del tipo: ¡no sin mi master!, ¡fake news, fake news!

URL: http://www.elfaromotril.es/?p=104845

Escrito por ElFaro en 25 abr 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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