El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

UNA LLAMADA

CONCHA CASAS -Escritora-

Sus días transcurrían en soledad, poco se diferenciaban uno de otro. Hacía algunos meses que había decidido no salir a la calle, salvo para lo estrictamente necesario, que era bien poco.

La señora de la limpieza le hacía la compra y el pan se lo traían a la misma puerta. De manera que a no ser que tuviese que ir al médico, o al banco, poco más le empujaba a salir.

Al principio reconocía que se engañaba a sí mismo, se ponía una y mil excusas para permanecer en casa, con el único secreto anhelo de que sonara el teléfono y alguno de sus hijos se acordase de él.

Pero de eso hacía ya mucho tiempo, ya había descartado de sí esa ilusión. Aunque no podía dejar de reconocer que en las contadas ocasiones en que sonaba, su corazón se aceleraba ansioso ante la remota posibilidad de que fuera uno de ellos.

Hacía tres años que había cumplido los setenta y ocho desde que se había jubilado. Todo había pasado tan deprisa que le costaba reconstruir su propia existencia. A veces en sus largas horas de soledad intentaba unir las piezas de su vida, para darle forma e intentar encontrar el momento en el que había fracasado. Sonrió  para sí encogiéndose de hombros. Nunca se había permitido en su vocabulario utilizar la palabra fracaso, de hecho siempre había sido un ganador; no, no es del todo correcto, había sido un triunfador. No admitía otra opción

Desde muy joven lo tuvo claro. Se había propuesto levantar la pequeña empresa que heredó de su padre y  a partir de ella crear su propio imperio. Y lo había conseguido. Viajó por toda España primero y por todo el continente después. Sus métodos eran algo agresivos, le decían sus asesores, pero él no se podía permitir el lujo de moderarse, su destino sería glorioso, y la forma como llegase hasta él, lo de menos.

Eligió por esposa a la hija de su mayor competidor, en lo que él calificó de jugada maestra. Era una muchacha dulce y educada, perfecta para ocupar el lugar que él le había destinado. Gloria. ¿Fue feliz Gloria a su lado? Era curioso que se le ocurriese eso precisamente ahora.   Durante años nunca le importó. En realidad nunca se ocupó de nada, que no fuese llegar a lo más alto. Ella tampoco se quejó nunca. Pero para ser sinceros, aunque lo hubiese hecho, él no hubiese estado nunca para escucharla.

Habían tenido tres hijos, tres varones. A él eso le pareció perfecto, continuarían su obra. Quizás a ella le hubiese gustado una hija, eso sí creía habérselo oído decir en alguna ocasión… pero ya era demasiado tarde. Quizás fuera demasiado tarde para todo.

Las cataratas habían cegado sus ojos, quizás porque ya ni quisieran ver. Acababa de operarse y recuperar la visión lo entristeció aún más, al quitar ese velo azul que cubría sus pupilas, descubrió la tristeza que se escondía en su mirada, y fue entonces cuando empezó a sospechar, que en realidad todo lo que él consideró éxito y triunfo, no había sido más que un sonoro fracaso.

De sus hijos apenas sabía nada. Siempre los había querido, eso no se lo podía discutir nadie. Desde el momento en que nacieron fueron  un revulsivo para continuar, todo se le hacía poco para ellos, quería que heredaran un imperio, el que él estaba construyéndoles. Trabajó para ellos, pero los ignoró. Rara vez estuvo en sus cumpleaños, ni en las fiestas del colegio, ni en cada día.

Cuando aprendieron a andar, estar cerrando un importante negocio en Berlín. Cuando se les fueron cayendo los dientes, lo supo siempre vía telefónica. Pobre Gloria, que sola debió sentirse en tantas ocasiones. Y ahora que podían estar juntos, que podía dedicarle todo el tiempo que le robó, ya no estaba. Murió justo un año antes de que él se jubilara. Como era costumbre, él tampoco estuvo en ese momento, lo avisaron sus hijos que no se movieron de su lado durante su larga enfermedad.

No solo no podía exigir nada, sino que no podía ni esperarlo. No debía esperarlo. No entendía como había sido tan iluso de esperar esa llamada telefónica.

Contemplaba todo su imperio y se le venía encima como la prueba fehaciente de su fracaso. Había conseguido ser el rey de un solitario reino. Podía contemplar todo su imperio, pero no tenía con quien compartirlo.

Sus hijos llevaban las riendas, como él siempre quiso. Y al final de cada año le enviaban el balance de su gestión, sin duda notable, pero apenas se acordaban de él. Un par de llamadas al año eran todo el contacto que los mantenía unidos. Ni siquiera en Navidad pasaba de eso. Todos tenían compromisos ineludibles en los que él no entraba. Tanta ausencia se había ido depositando en su corazón, formando una espesa costra que le impedía respirar. Decía el cardiólogo que la arterioesclerosis le estaba cerrando las arterias, pero él sabía que no era eso. Era el dolor agudo de su más estrepitoso fracaso, el que lo estaba devorando.

Se sentaba cada día en su sillón de orejas viendo como al cambiar las nubes de sitio formaban miles de increíbles figuras que nunca se repetían. A su lado situaba una pequeña mesa supletoria en la que colocaba el inalámbrico, dando forma a su más profundo deseo: que alguno de sus hijos se acordara de él.

Hacía más de ocho meses que no sonaba. Ya ni siquiera los viejos conocidos se acordaban de llamarlo, quién sabe quizás incluso hubiesen muerto.

Pensaba en eso cuando un dolor agudo le traspasó el corazón. Era como si una corbata invisible apretase  un nudo mortal en torno a su garganta, sintió que la vida se le escapaba, que el último hálito desaparecía de él. Fue consciente de su fin, sabía que se moría. Cayó al suelo arrastrando en su caída la pequeña mesa. Entonces, sonó el teléfono… pero ya no pudo cogerlo.

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Escrito por ElFaro en 23 abr 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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