El Faro

MIEDO A UN LIBRO. EL ESCARNIO A LAS LETRAS IMPRESAS

PREGÓN DE LA FERIA DEL LIBRO DEL ESCRITOR JUAN JOSÉ CUENCA

MIEDO A UN LIBRO. EL ESCARNIO A LAS LETRAS IMPRESAS

JUAN JOSÉ CUENCA, EN EL PREGÓN DE LA FERIA DEL LIBRO 2018

Un libro, siempre, será una poderosa arma que nos llevará a encumbrarnos al éxtasis más absoluto y a conocer, sin ninguna duda, el milagro de la vida y sus verdades. Amados y perseguidos a un tiempo, los libros han expresado anhelos, querencias, reivindicaciones y “meras” historias que nos han catapultado a un universo de palabras balsámicas o… exasperantes. Jorge Luís Borges escribió un cuento en 1941 donde imaginaba una “biblioteca universal” o “total” donde cupieran todos los libros producidos por el hombre. El modelo de este sueño, sin duda, se  encuentra en la célebre Biblioteca de Alejandría, creada por Alejandro Magno en el 331 a.C., que tenía como finalidad compilar todas las obras producidas por el ingenio humano que debían ser incluidas en una colección inmortal para la posteridad. Con cerca de 700.000 ejemplares (aunque las cifras son discutidas), su desaparición constituye uno de los más simbólicos desastres culturales de la Historia. Otros ejemplos de desapariciones de grandes bibliotecas o ingentes cantidades de libros, fue la quema de miles de ellos en la toma de Constantinopla por los Cruzados en 1204; o la que tuvo lugar en la Bebelplatz de Berlín en 1933 a instancias del ministro de propaganda Joseph Goebbels; o el incendio de la Biblioteca de Bagdad en 2003, ante la total pasividad de las tropas estadounidenses.

Sí, los libros siempre han sido (y lo seguirán siendo en algunos casos) proscritos, perseguidos sin tregua por miedo o desconocimiento ante lo que contenían, ante lo que podían ofrecer. Definitivamente, un libro es el arma más poderosa que existe. Denostado en los últimos tiempos a favor de métodos y aparatos que se han instalado en nuestras vidas para no volver a marcharse como tablets, libros electrónicos o Internet, el libro resiste con ese halo exquisito de olor a papel, con el toque rancio de sus hojas o el peso convertido en sabiduría o entretenimiento mientras lo acunamos en nuestras manos, luchando por ocupar anaqueles y estanterías. Un mérito loable a sabiendas de lo impersonal, lo anodino y lo digitalizado de nuestro mundo y, por ende, de nuestras vidas.

¿Pero quiénes son los que leen libros hoy en día?, ¿es un hábito, una necesidad o puro y duro snobismo? Afortunadamente el valor de la lectura, el interés por la misma, ha seguido inculcándose de forma más o menos certera a los niños en los centros educativos desde su más tierna infancia. Pero no es suficiente. Esos mismos niños que son iniciados activamente en el placer de la lectura, irán declinando su afición en pos de realidades más prosaicas si no ve libros o a gente leyendo en su casa. Siempre he sido un acérrimo defensor de instalar la lectura en el subconsciente del niño a la manera de un juego, un momento de introspección que, definitivamente, se irá convirtiendo en una extensión más de su propio “yo”. Sin darse cuenta. No debemos olvidar que un niño imita aquello que ve, empatiza con lo que ve, por lo que un hogar repleto de libros será un aliciente añadido.

Decía Oscar Wilde que “los libros que el mundo llama inmorales son los que muestran su propia vergüenza”. ¿Pero existen libros “inmorales”?, ¿qué tememos de ellos?, ¿o acaso la inmoralidad está instalada en mentes oblicuas que temen ser relegadas a un puesto segundón? Es cierto, no nos vamos a engañar, que existen libros buenos y menos buenos. Libros que pueden turbarnos el alma y otros que pasan sin pena ni gloria. Pero lo que sí es verdad es que un libro con enjundia, con propósitos demostrados, no deja indiferente a nadie.

Cada vez hay menos librerías porque la gente, sencillamente, no compra libros. No hay otro motivo. Pocas ayudas de editoriales y márgenes de ganancia que quedan bastante bajos, hacen que los libreros tengan que complementar su oferta con otros artículos que sí le son más rentables, en detrimento del libro que ya no es el principal pilar del establecimiento y al que no se le presta la debida atención.

Personalmente, y los que me conocen bien pueden dar fe de ello, amo a los libros, cualquier libro, amo a las personas que los defienden y que los leen y amo a los que luchan por instalarlos en nuestras vidas. En la relación de amor que me consume por los libros, tiene también cabida la emoción contenida, el estupor o la necesidad imperiosa de tener uno entre las manos cada vez que puedo. Así es como hay que tratar a un libro: con esa mezcla de ingenuidad y de reverencia por todo lo que pudiera depararnos sus hojas.

Hoy, queridos amigos y paisanos, damos comienzo a la Feria del Libro 2018 en nuestro literario Motril. Sí, lo han oído bien, literario porque hay una gran demanda de lectores en nuestra ciudad, porque hay infinidad de voces que no sólo leen, sino que también escriben engrosando continuamente el universo de los libros editados que, pese a quién le pese, no desaparecerá nunca porque habrá en todo momento y en cualquier circunstancia alguien con un libro en su regazo. Una Feria del Libro un poco descafeinada en los últimos años, todo hay que decirlo, semi abandonada, donde los resistentes reductos de lectores ansiosos rebuscan con dedos ágiles entre las cada vez más exiguas casetas.

Los libros son buena compañía, los libros son luz entre tanta tiniebla educativa e informativa y son agua fresca en la garganta de los contadores de historias. Es un amigo fiel y callado, pero que a la vez puede gritarnos en alto todas las verdades del mundo.

Como dijo una vez Paul Sweeny: “sabes que has leído un buen libro, cuando al cerrar la tapa después de haber leído la última página, te sientes como si hubieras perdido a un amigo”.

Disfruten de la Feria y… lean libros, por favor.

URL: http://www.elfaromotril.es/?p=104536

Escrito por ElFaro en 21 abr 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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