El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

UNA EXUBERANTE PRIMAVERA

CONCHA CASAS -Escritora-

Te amo. Otra vez esas dos palabras escritas en el cristal trasero de su coche. Era la tercera vez que ocurría. Lo que no hacía sino demostrar, que esas palabras estaban dirigidas a ella. ¿A quién si no?

Miró a su alrededor como si alguien la estuviese observando, como si el autor de esa escueta pero significativa frase, continuase todavía por allí, con el dedo aún sucio del contacto con el cristal.

La primera vez que la vio, no le prestó mayor atención. Vivía en una zona de la ciudad que estaba siempre en obras. Apenas terminaron de meter los conductos del gas ciudad, se reventó una tubería. Tras su arreglo, decidieron que era imprescindible que el carril bici pasase por allí. De manera que entre unas cosas y otras, ni tan siquiera recordaba como era la vida antes, antes de las obras, sin el ruido constante que estas conllevan y sin el polvo infinito y molesto que lo acababa cubriendo todo.

Por eso su coche estaba siempre sucio y por eso era habitual que lo utilizasen como pizarra, animándolo a lavarse en unas ocasiones y poniendo cualquier nombre en otras, como testigo mudo de la existencia de Pablo, o Marta, o Tere o de cualquiera que se le ocurriese firmar en él.

A veces incluso habían pintado un corazón  con las iniciales de Dios sabe quién, haciéndolo así testigo de un amor ajeno, como ajenos eran los nombres que sobre él aparecían algunas mañanas.

Por eso la primera vez no le prestó mayor atención a ese te quiero, mudo y silencioso, pero tan elocuente al mismo tiempo.

La segunda vez fue a los pocos días. El otoño había entrado lluvioso, como debía ser, y el agua que caía del cielo había borrado las huellas que sobre su coche dejaba al azar cualquier desconocido.

Pero apenas dos días más tarde, el polvo de la calle volvió a convertirlo en un perfecto pizarrín y de nuevo sobre él, apareció ese mensaje de amor.

Sonrió para sí, imaginando, pero todavía sin creer, que ese mensaje fuera para ella. La acompañó durante varios días. Lo veía por el espejo retrovisor, sobre todo cuando paraba en algún semáforo en rojo, y esas letras leídas del revés, le dibujaban una sonrisa en la boca, casi siempre borrada por el claxon de algún impaciente conductor, cuando la luz cambiaba de color.

Volvió a llover y de nuevo el agua sirvió para lavar las calles y los coches que en ellas descansaban. Se llevó de nuevo el polvo acumulado y el anónimo mensaje de amor.

Se repitió el ciclo anterior, el sol volvió a secar la tierra y de nuevo las pequeñas partículas de arena volvieron a depositarse sobre todas las superficies que encontraron a su paso, incluido su coche.

No lo vio enseguida. Arrancó como cada mañana casi de noche, y hasta que la luz se abrió paso en la oscura bóveda celeste, no se percató, de nuevo en un semáforo, de que esas dos palabras volvían a ocupar todo el cristal trasero.

¿Quién será? Se preguntó a sí misma, ya con la certeza de que el mensaje era para ella. Esta vez la sonrisa que se marcó en su boca, no se borró hasta bien entrada la mañana. Incluso cuando salió del trabajo para ir a desayunar, sonrió de nuevo al verlo y en un acto casi inconsciente, escribió bajo esas dos palabras, la pregunta que se llevaba haciendo toda la mañana: ¿Quién eres?

Sin embargo la rutina y las prisas propias de las mujeres que trabajan fuera y dentro de la casa, le hizo olvidarse de lo que todavía no consideró más que una anécdota. Una bonita y estimulante anécdota.

Sin embargo, al día siguiente, prisionera en el gran atasco que se formaba cada mañana en ese embudo, en el que se convertía el cruce de las dos avenidas, al hacerle un gesto un tanto grosero al conductor de atrás que no paraba de pitarle, observó que una nueva frase, completaba la página en la que se había convertido la luna trasera de su coche, decía así: Un admirador.

De nuevo dos palabras, que llenaban aún de más contenido las dos primeras.

El ruido de los coches, incluso el insistente claxon del coche que la seguía pegado a ella, desapareció de la escena, que se llenó de esas cuatro palabras, que de pronto habían adquirido unas enormes dimensiones.

No sabía si alguna vez llegaría a conocer a su secreto admirador , ni tan siquiera pudo imaginarlo, pero lo que sí fue cierto, es que ya había conseguido algo que hacía años no le ocurría: convertir ese frío otoño, en la más exuberante primavera

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Escrito por ElFaro en 16 abr 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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