El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

PUNTO FINAL

CONCHA CASAS -Escritora-

La noche en que el corazón de Elisa dejo de latir no ocurrió nada que hiciera sospecharlo, ni se paró el mundo, ni  hubo vientos huracanados, ni terremotos, ni tan siquiera una tempestad, o en su defecto una lluvia torrencial que pusiese de manifiesto la culminación tan trágica de  una vida que apenas comenzaba a ser.

Elisa no debía haber muerto, no tenía ni edad, ni enfermedad que pudiese haber hecho sospechar ese desenlace, de hecho su vida transcurría por cauces totalmente ajenos a ese fin.

Por eso el mundo debía haberse parado y las redacciones de todos los periódicos quedar colapsadas. Pero no fue así. Al día siguiente, apenas en la prensa local resumieron en unas líneas el hallazgo del cuerpo de una suicida. Sin más. A nadie parecía importarle la causa que puede llevar a una mujer de apenas 25 años a quitarse la vida. Que clase de locura puede conducir a cometer semejante acto de violencia contra si misma, a alguien que habitualmente prefería abrir una ventana para dejar salir a las moscas,  a tener que  matarlas.

Elisa vino al mundo en el seno de una acomodada familia de clase media, su historia no tiene nada que ver con esas otras tan comunes de abandono, desamor, o desatención. Todo lo contrario. Fue a los mejores colegios y fue mimada y querida desde que se supo que había sido concebida. Era la primera criatura que llegaba al hogar de los Jiménez Acosta y fue recibida con toda la ilusión que el primogénito suele llevar añadida.

Enseguida destacó por su inteligencia, aprender era para ella tan fácil como dar un paseo por el parque. Nunca tuvo un tropiezo, ni dificultad alguna, salvo quizás su infinita curiosidad. Nunca se saciaba, siempre quería saber más. En ocasiones llegó a tener problemas con algún profesor, porque en su afán de saber interrumpía la clase continuamente. Su capacidad iba muy por delante de la de sus compañeras y atenderla a ella hubiese supuesto que el resto del alumnado se perdiese en una explicación que no conseguirían seguir.

En la adolescencia, los problemas que envuelven la existencia trémula de los que la padecen, se convirtieron en su caso en auténticos ejercicios filosóficos. Sus planteamientos no tenían nada que envidiar a los que  a lo largo de la humanidad, se han ido haciendo los grandes sabios de cualquier época.

Pero ella no se conformaba con los circunloquios con los que la querían contentar, quería respuestas.

Estudió y estudió, primero historia, pero como los acontecimientos por si solos no le saciaban su eterna sed de saber, los compaginó con los estudios de  filosofía, terminando las dos carreras casi a la par.

Llegar a la vida adulta, calmó algo esa ansiedad por conocer, pero no se dio por vencida.

Se incorporó a la vida laboral dentro mismo de la universidad y se dedicó en cuerpo y alma a la investigación. Así podría seguir buscando esas  respuestas que cada vez se le antojaban más lejanas, ya que cuanto más se adentraba en el conocimiento, más preguntas surgían y menos esperanza de solucionarlas hallaba.

Mientras tanto su vida seguía  dentro de los cauces de la normalidad. Tenía amigos, tuvo amores, era divertida, ocurrente y espontánea, su compañía era siempre bien recibida y le gustaba disfrutar de la vida casi tanto como investigar las raíces últimas de la misma.

En el corto espacio de tiempo que permaneció entre los vivos, aprovechó bien cada minuto. Viajó por los cinco continentes, quizás en esa misma línea de búsqueda de respuestas, bebió de las diferentes culturas y se adentró en lo más profundo de ellas. En México buscó a los chamanes y tomó con ellos mezcal para conocer otras realidades, a las  que solo se tenía acceso cambiando el nivel de percepción.

En América del Norte buscó a los primeros indígenas y con su antiguo saber, pudo comprender que la sabiduría muchas veces se encuentra en la capacidad de escuchar el silencio.

En la India aprendió a trasponer lo físico en aras del conocimiento interior y en África supo que la tierra habla a quien sabe escucharla.

De cada viaje volvía nueva y revitalizada, con renovadas energías y esa inquietud por vivir que la caracterizó desde el momento mismo en que llegó a este mundo.

Precisamente fue a la vuelta de uno de ellos, cuando esa idea empezó a rondar su cabeza. Solo le faltaba hacer un viaje para concretar la respuesta que creía tener casi al alcance de su mano. Pero de ese viaje no se volvía, no al menos en el mismo vehículo en que se partía.

Inició así un periodo de tremenda confusión, que la sumió en un estado tal que muchos después llegaron a pensar que la depresión había hecho mella en ella y que nadie había sido capaz de advertirlo para haber podido remediar, el que consideraron su trágico final.

Pero no fue así. Lo que la angustiaba era pensar en los que dejaría atrás si hacía lo que tanto deseaba, en el dolor que podía causarles y en las consecuencias que para ellos tendría. Esa confrontación entre sus deseos y el bienestar de los suyos, fue lo que la atormentó durante el último año de su estancia en la tierra.

Pero cada uno tiene su destino y el de Elisa estaba trazado desde su cuna.

La noche en la que decidió darse muerte, no se paró el corazón de los relojes, ni se estremeció el calendario, porque con ese gesto que para los demás fue un punto final, Elisa encontró por fin las respuestas que buscaba.

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Escrito por ElFaro en 12 feb 2018. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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