El Faro

LOS CUENTOS DE CONCHA

LA POSTERIDAD

CONCHA CASAS -Escritora-

Miró aquellos dos pesados libros y le sorprendió ver su estado. No hacía tanto tiempo que ella misma los había colocado en esa estantería y lo hizo cuando llegaron a sus manos. Estaban nuevos, de hecho tuvo que desembalarlos del paquete en el que venían. Y ahora al volver la vista y posar sus ojos  sobre ellos, fue cuando reparó en el penoso estado en que se encontraban.

Es curioso pensó, el tiempo no solo arrasa los organismos vivos, sino que todo está expuesto a él y condenado a morir. Hasta yo. ¿Por qué será tan difícil pensar que eso también va a pasarle a una? Siempre se contempla como algo ajeno, algo que ocurre fuera. Parece como si la vida no fuese compatible con la muerte y sin embargo ambas forman parte del mismo ciclo…

Sacudió esos tristes pensamientos de su mente. Total eran solo dos libros, no hacía falta llevar las cosas más allá.

Pero aún así le entristecía la visión de la decadencia. Quizás fuera que nos aferramos a lo material, como si con ello nuestro entorno se hiciera más compacto, más terrenal y al ver su deterioro, sentimos como de alguna manera, eso no es sino el reflejo del nuestro.

Volviendo a los libros, no dejaba de asombrarle el deterioro tan manifiesto que mostraban. Nunca se habían usado, eran dos enormes tomos del Quijote y de La divina comedia. Se los regalaron al comprar una enciclopedia y por su incómodo formato, solo en una ocasión habían sido ojeados y fue exactamente antes de colocarlos donde descansaban desde entonces.

Se acercó a ellos, en un primer momento no se atrevió a tocarlos, le dio la impresión de que si lo hacía se desmoronarían ante ella. Eran la viva imagen de la desolación. Los lomos aparecían prácticamente despegados de las solapas, el cuero que cubría el duro cartón estaba agrietado de lado a lado. Pasó un largo rato en esa sórdida contemplación.

Por fin se atrevió a cogerlos y se alegró de que sus peores temores no se cumplieran. Tomó primero La divina comedia, lo dejó sobre la mesa y acarició sus pastas. Estaban tan resecas que casi arañaron la fina piel de sus manos. Incluso en el extremo superior la sequedad era tal, que al roce de sus dedos se desintegró una de las esquinas.

Decidió luchar contra el tiempo, o mejor dicho contra el paso de este y procedió a la recuperación de lo que hacía unos minutos daba por perdido. Buscó el papel  celo, ¿por qué pasaría siempre lo mismo con estas cosas? Siempre andaban por medio, pero cuando se los necesitaba habían desaparecido. Dar con él le llevó un buen rato. Pero al fin lo encontró  y se sorprendió hablándole al Quijote, no al personaje que quizá hubiese sido más comprensible, sino al libro. No te preocupes bonito, que te voy a dejar como nuevo.

Con el mimo de un cirujano, operó a la criatura y consiguió devolverle al menos la consistencia perdida. Era una edición deliciosa, con las ilustraciones de Doré que ya se habían convertido en parte de la fantástica historia, que se encerraba entre esas líneas. Lo abrió experimentando el placer que solo los que son amantes de las letras pueden entender. Una emoción antigua la invadió al pasar las primeras páginas. Se paró a leer la dedicatoria que el autor le hacía al Duque de Vejar, curiosamente nunca lo había hecho, es más ni siquiera había reparado en ella. Dejó correr sus ojos por esas primeras líneas y se sorprendió al comprobar que ciertas cosas no habían cambiado. Que una mente privilegiada como la de Cervantes, tuviera que descubrirse ante el señor de turno, por muy culto y amante de la cultura que fuera, para poder dar mejor salida a su obra, demostraba que desde que el hombre es hombre, ha sido el poderoso caballero don dinero el que ha prevalecido. Vale que la gloria eterna fue para Cervantes y no para el noble, pero mientras estuvo vivo, el hambre, la necesidad y la impotencia por todo ello, también le correspondieron exclusivamente a él.

En eso se identificaba perfectamente con el autor, salvando las distancias claro. Se dedicaba a pintar, hacía tiempo que sus cuadros empezaban a  cotizarse en el mercado del arte, pero aún estaba a años luz de poder vivir de lo que en realidad era la razón de su vida. Quien sabe, quizás dentro de quinientos años su obra se considerase inmortal e imperecedera. Pero ella no lo era y quería disfrutar de lo que consideraba suyo, mientras fuera consciente de ello.

Era difícil, muy difícil. Había demasiado “nobles” a los que adular y ella no estaba dispuesta a pagar ese precio.

Es curioso donde la habían llevado sus pensamientos desde que descubrió el estado lamentable de sus libros. Sonrió para sí y volvió a mirarlos, se sintió feliz. De nuevo aparecían rotundos y poderosos. Por un tiempo había ganado la batalla a lo que parecía el sino inevitable de todo lo que se encontraba sobre la faz de la tierra. Eso la hizo sentirse poderosa y su mente reaccionó ante esa sensación, visualizando el que sería su próximo cuadro. Feliz, como solo se sentía cuando tenía  un pincel entre sus manos, comenzó su obra, pensando que de alguna manera a través de ese lienzo, ella también se reservaba un espacio en la posteridad.

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Escrito por ElFaro en 16 ago 2017. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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