El Faro

RELATOS DE LA HISTORIA DE MOTRIL

LA PRIMERA FÁBRICA DE PAPEL MOTRILEÑA EN EL SIGLO XVII

MANUEL DOMÍNGUEZ -Historiador. Hijo Predilecto de Motril-

Durante el siglo XVII, el papel se convierte en una materia imprescindi­ble en la administración de Ayuntamientos, Chancillerías, escribanías, instituciones eclesiásticas, así como en imprentas y librerías cuya abundancia o carencia determinaba la declinación o la prosperidad del negocio de im­presores y libreros.

Es también un medio imprescindible en las relaciones administrativas de la vida privada ya que toda persona se ve forzosamente abocada a utilizar el papel para cualquier tipo de gestión o trato con la administración. El po­der de la palabra escrita era muy grande, porque estaba relacionada con el legalismo formal, que es la característica de la época.

Además, en este periodo, el papel se convierte en protagonista de la vida cotidiana como elemento auxiliar de droguerías, mercerías y especierías, pa­ra servir de envoltorio o, simplemente, de soporte de alfileres, botones, pa­samanería y mucho más en Motril, donde los pilones de azúcar refinada se envolvían con papel de estraza para ser vendidos.

La primera vez que tenemos datos de la construcción de un molino de papel en nuestra ciudad es en 1633, cuando Ana Gutiérrez de Contreras, viuda de Alonso de Contreras, uno de los personajes más ricos de Motril, decide convertir un molino de harina en una manufactura de papel.

En 1629 del Concejo municipal le había dado licencia para construir un molino de pan de aceña en una tierra de su propiedad en el pago de la Acequia Chica por encima de la cañada de Ureña, situada cercana a la rambla de la Brujas y próxima al camino de Salobreña. La rueda motora de la aceña se colocaría vertical en el cauce de la acequia principal. La fuerza de la corriente hacía girar esa rueda, que mediante un eje horizontal movía el molino propiamente dicho. Doña Ana se comprometía por su parte a sufragar todos los daños que pudiesen ocurrir en la acequia.

Parece que la corriente no debía ser suficiente para mover la rueda y hubo que desviar la acequia, haciendo un cauce nuevo y para ello fue necesario minar un monte con un costo total de la obra de 1.000 ducados, que fueron pagados por la propietaria al maestro de obras portugués residente en la población, Domingo Martin. En compensación el Ayuntamiento le donó tres marjales de tierra para hacer un camino.

En este momento de produjo la contradicción de la Diputación de Aguas de la Motril que tenía, desde las ordenanzas de 1561 aprobadas por Felipe II, asignado el control de los regadíos y el mantenimiento del sistema de acequias. Los diputados argumentaban que, dedicando agua de la acequia al molino, faltaría para los regadíos. Ante esta protesta el Concejo suspendió la obra del molino hasta que la Chancillería de Granada no confirmase la legalidad de la licencia otorgada por el Concejo, como así lo hizo a fines de ese año de 1629. Pero la construcción, a pesar que ya se tenían ejecutadas las zanjas y los cimientos, no se pudo continuar hasta que el tribunal granadino otorgó su definitiva licencia en 1631.

Elaboración del papel en la Edad Moderna (Foto: El Faro)

En 1633 doña Ana pedía una nueva licencia al Concejo, decía que tenía construido un molino de pan de una parada, pero que quería reconvertirlo en molino de papel de estraza, por la gran necesidad que había en la villa. Solicitaba del Concejo que se nombrasen comisarios para ver si realmente se podría hacer la nueva obra. En el cabildo de 28 de mayo se nombraron como comisarios a los regidores Juan de Segura y Andrés de Espinar, que visitaron el molino e informaron al Ayuntamiento, opinando que “cerrando una puerta que corresponde por dentro de la casa a la rueda que era el sitio donde moler las pilas de molino de papel y construyendo por dentro de la casa un canal que desaguara en la cañada de Alonso de Ureña que estaba por bajo de la acequia, no veían ningún inconveniente”. Con este parecer de los comisarios, el Concejo otorgó la licencia para la construcción inmediata de la solicitada fábrica de papel.

De nuevo la Diputación de Aguas puso recurso a la autorización municipal, arguyendo en esta ocasión, que el papel se fabricaba en muchos casos con trapos que se desechaban de los hospitales y otras personas que habían estado enfermas, con lo que el agua de la acequia, que era la que usaban los vecinos para beber, se contaminaría y se infestarían numerosas personas, produciéndose muchas enfermedades. Pedía, la Diputación, que no se le concediese el permiso para hacer el molino de papel ni que “se mudase o innovase la acequia de cómo estaba para moler pan que era lo que Ana de Contreras tenía licencia”.

De nuevo el Ayuntamiento paralizó la obra, pero al final demostrado que el molino de papel no sería dañoso para los vecinos ni para la acequia resolvió, por decreto de 29 de abril de 1634, que se mantuviese la autorización otorgada el año anterior.

La Diputación de Aguas recurrió ante la Chancillería de Granada, pero al final el pleito se resolvió a favor de Ana de Contreras, dándosele en septiembre licencia definitiva por el tribunal para que pudiese seguir la obra del molino de papel tan como se había proyectado con doce pilas donde se depositaban los trapos con agua y se dejaban fermentar durante cinco o seis semanas y dos ruedas hidráulicas verticales para mover los mazos que majaban los trapos fermentados. La pasta obtenida se procesaba posteriormente hasta obtener el papel.

Este molino seguramente estuvo en funcionamiento casi hasta el último tercio del siglo XVII y le dio nombre al pago de la vega donde estuvo situado. Su edificio se mantuvo como molino de harina hasta finales del siglo XIX.

URL: http://www.elfaromotril.es/?p=91258

Escrito por ElFaro en 11 ago 2017. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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