El Faro

EL VERBO PROSCRITO

OTRA VEZ SEPTIEMBRE

JUAN JOSÉ CUENCA -Escritor-

La luz de septiembre es una luz especial. Se instala pizpireta y con un color imposible que se asemeja a la miel derretida y que solo poseen los días plácidos de un prometedor otoño. Llena de reminiscencias poéticas, de minúsculos fragmentos tibios de aire, de ecos en las barrancas y las calles y de hojas amarillas, rojas o anaranjadas que vaticinan el frío que se enreda en la espalda, como una salamanquesa trepando un muro. Colores otoñales que nos envuelven por doquier y que nos hacen soñar o permanecer en un limbo sin tiempo, casi sin aroma propio, donde las hojas frágiles cubren el suelo y los alféizares con un tupido y efímero manto de inconsistencia.

Septiembre de los días acortándose paulatinamente sin apenas volver la vista atrás, mes de las despedidas y de los retornos, de la expectativa y de la esperanza. La luz de septiembre… Un fragor mágico de notas almibaradas colgadas en los árboles; añoranzas y suspiros en pos de una hierba que comienza a adivinarse verde y de la lluvia fresca y redentora.

Lo que no nos suele traer septiembre, a lo que no nos tiene acostumbrados es, a estas alturas de curso, a tener aún los deberes sin hacer y estar preparando unas (¿otras?) nuevas elecciones. Parece paradójico que aquellos a los que votamos, en quienes depositamos nuestra más inocente confianza, sean los mismos que nos tienen a todos patas arriba. Que la confianza investida por una mayoría de ciudadanos es aval para que un partido predomine como gallo semental del gallinero, ofreciendo gallinas desplumadas y poco ponedoras a saldo y reservándose aquella que ofrece huevos de oro, es algo plausible y esperado. Pero cuando la gallina de los huevos de oro pasa de mano en mano como una falsa moneda que diría la tonadillera, es de esperar también que esa misma gallina termine por agotarse y quedarse desplumada por tanto estrés y sobeteo nacional. Que nunca fueron buenos los zorros para guardar el gallinero, a no ser que lo único que busquen con ahínco es hincar el diente sin mucho miedo ni disimulo en enseñar las orejas.

Ahora que desde un tiempo atrás no tenemos gobierno sino en funciones, con el graderío patrio una vez terminadas las Olimpiadas más pendiente de lo que se cuece en este politiqueo nuestro, nos hemos percatado de que, quizás, estos señores que claman y pelean por una cartera a la que sin duda no le faltarán los donuts, no son tan necesarios ni tan imprescindibles. Y es que, la verdad, nos encontramos en un clima en constante cambio de pareceres y propósitos, pero que no parecen afectarnos en gran medida en nuestro día a día. Muy al contrario, hasta parece ser que estamos mucho más tranquilos y podemos vanagloriarnos de que el barco aún no se haya hundido. Al menos hasta el momento.

Las elecciones caerán sobre nuestros hombros dulcemente, casi sin hacer ruido, sin panderetas ni filigranas extravagantes para celebrar algo que debería estar instaurado hace ya tiempo. Nos habríamos ahorrado no pocos quebraderos de cabeza y no menos millones de euros en campañas sibilinas, esperpénticas e innecesarias que no hacen sino empobrecernos aún más, si cabe: de bolsillos y de esperanza. Caerán sobre nosotros no de improviso como las hojas otoñales se posan en el suelo después de haber desvestido árboles y cornisas, sino con toda la palabrería y poses de un puñado de elegidos. Nos queda esperar expectantes en qué quedará todo este teatro, todo este guión preconcebido para que el redil nos parezca más grande y con los muros un poco más bajos.

¿Conseguirá Rajoy eludir unas terceras elecciones y evitar que votemos el próximo 25 de diciembre resacosos y con el turrón en la mano? ¿Podrá ser investido presidente del Gobierno logrando 176 apoyos necesarios para tal menester, o por el contrario las próximas elecciones se asemejarán más a un Belén Viviente, con tambores y gaitas y corderos de postín? Me suena a mí la fecha de las supuestas elecciones a órdago descarado, a tocamiento escrotal indiscriminado, donde se pretende desubicarnos e incordiarnos hasta decir basta.

No sé, no sé… El tiempo dirá todo y pondrá a cada escaño en su sitio, pero permítanme ustedes que sea un pelín escéptico. Vamos, que ante tanto barullo y ruido de nueces me he vuelto bastante incrédulo, y mi ceja se alza sin fundamento como si de un Carlos Sobera cualquiera me tratase.

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Escrito por ElFaro en 23 sep 2016. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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