El Faro

FINIS AFRICAE

CERVANTES Y LOS NIDOS DE ANTAÑO

FRANCISCO GUARDIA -Escritor-

En cinco años de cautiverio queda mucho tiempo para pensar y hacer proyectos y podemos estar seguros de que Cervantes, al que sus experiencias de soldado y cautivo en Argel le inspirarían un arsenal de sabrosos argumentos, soñaría con triunfar en el teatro por el que siempre había sentido tan gran amor el día que lograra la ansiada libertad.

Del interés que el arte de Talía despertaba en el Príncipe de los Ingenios han quedado pruebas documentales. Allá por 1615 cuando redacta el prólogo a sus Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados nos refiere una conversación sobre comedias mantenida con unos amigos en la que “dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento”. Como el sevillano murió en 1565 y Cervantes había nacido en 1547 habrá que convenir en que su asistencia al teatro del primero debió tener lugar cuando era un jovenzuelo. Quizá, como sugiere Andrés Trapiello, ocurriera en Sevilla el año 1564 pues por entonces ambos personajes coincidieron en la ciudad del Betis: transcurrido medio siglo aquellas representaciones de que fue testigo se mantenían lozanas en su memoria. Y no sería disparatado pensar que es el propio  Cervantes quien habla por boca de Don Quijote cuando el hidalgo rememora sus verdes años: “Desde muchacho fui aficionado a la carátula y en mocedad se me iban los ojos tras la farándula”.

En 1581 una vez recuperada la libertad intenta el asalto a la fama y comienza a escribir una serie de obras para el teatro. En el prólogo antes aludido recuerda. “Compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas ni barahúndas. Tuve otras cosas en que ocuparme…” O sea que pasaron discretamente por los escenarios sin suscitar enojo ni fervorosos entusiasmos aunque él las tenía en gran estima. De esta primigenia producción teatral solamente se nos han conservado tres piezas y los títulos de ocho más. Existían en la Villa y Corte varios corrales de comedias que fueron testigos de los afanes y desesperanzas del esforzado autor a quien la necesidad de procurarse el sustento lanzó a nuevas actividades que nunca fueron en exceso lucrativas.

Debió ser hacia 1607, cuando los Cervantes siguiendo a la corte se instalan en Madrid, el momento elegido por el asendereado escritor para probar de nuevo fortuna redactando para las tablas que era el recurso para adquirir de manera rápida fama y dinero, pero recibió más de un desaire al serle algunas rechazadas, lo que le hizo escribir: “Algunos años que volví yo a mi antigua ociosidad, y pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias; pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hubo autor que me las pidiese”. Queja esta la del desinterés de los directores de compañía que aparece de nuevo en la Adjunta al Viaje del Parnaso, en el diálogo entre Cervantes y Pancracio de Roncesvalles. “P.- Pues ¿por qué no se representan? –C.-Porque ni los autores me buscan ni yo les voy a buscar a ellos”. Habían cambiado los gustos y Lope se había erigido en faro de representantes y aficionados.

Aun así era Cervantes consciente de la bondad de su teatro y ya que encontraba obstáculos para su representación decidió darlo a la imprenta. Así estas Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados con dedicatoria al Conde de Lemos don Pedro Fernández de Castro, salieron a la luz de los tórculos de la viuda de Alonso Marín de Balboa y a costa del mercader de libros Juan de Villarroel el año 1615.

No conocemos si el libro se vendió bien. Lo cierto es que tardó más de un siglo en reimprimirse hasta que el erudito Blas Antonio Nasarre y Férriz volvió a darlo a la imprenta en 1749. Sin embargo esta reedición, más que reivindicar el teatro cervantino lo envolvía en un manto de menosprecio pues el casquivano erudito venía a decir que Cervantes había creado sus comedias intencionadamente malas para criticar de esta manera las de Lope, disparate que hizo escribir a Menéndez y Pelayo: “La especie es tan estrambótica que parece imposible que haya cabido en cerebro de hombre sano”. Debían por entonces estar tan olvidadas que el editor consideró oportuno indicar en la portada que eran de “el autor del Don Quixote”.

A partir de ese momento las sucesivas reediciones y el concepto que del teatro de Cervantes se tuvo en cada momento constituyen un capítulo apasionante de la historia de la Literatura con el que no vamos a cansar al lector. Recordaremos si acaso la influencia que en el desinterés de varias generaciones de lectores pudieron tener las opiniones sobre el particular de Leandro Fernández de Moratín quien en su Orígenes del Teatro Español tras ofrecer una visión negativa de los sucesores de Lope de Rueda y Torres Naharro escribe: “Así halló el teatro Miguel de Cervantes, el cual, bien lejos de contribuir a mejorarle, como pudiera haber hecho, sólo atendió a buscar en él los socorros que necesitaba su habitual pobreza, escribiendo como los demás y olvidando lo que sabía para acomodarse al gusto del vulgo”.

ILUSTRACIÓN

Añadamos que en el “catálogo de piezas dramáticas”, que ocupa buena parte de las páginas de su libro, don Leandro se despacha con indisimulada saña contra el alcalaíno como dramaturgo. Su crítica de la Numancia es demoledora. Esta antipatía hacía el autor del Quijote, que parece tener algo de patológico, le lleva en La derrota de los pedantes, obra en prosa de tipo alegórico donde las musas arrojan del Parnaso a librazo limpio a los malos poetas, a incluir sus Comedias entre los malos libros que sirven de proyectiles. A lo que uno, que conoce algo la producción teatral cervantina aunque un poco menos la moratiniana, sólo se le ocurre aquello de que “hay más gustos que colores” pues se deleita con la primera mientras la segunda le resulta un plomo de una pesadez fastidiosa, incluida su comedia El sí de las niñas considerada por muchos la cumbre del teatro del siglo XVIII.

La más reciente salida al mercado de las comedias de Cervantes es la que con el título Comedias y tragedias ha realizado la RAE en su colección Biblioteca Clásica. Editada por Espasa y Círculo de Lectores, aunque en la portada figure la fecha MMXV, su presencia en las librerías comenzó en febrero del presente año. Consta de dos volúmenes, uno de los cuales presenta las ocho comedias publicadas en 1615 (existe un tomo con los entremeses del que no nos ocuparemos aquí) más tres piezas que se conservan manuscritas: el Trato de Argel, la Tragedia de Numancia y La conquista de Jerusalén por Godofre de Bullón. Esta última, de la que disponíamos de una edición comentada y anotada en la colección Letras Hispánicas de Cátedra donde figuraba como “atribuida a Miguel de Cervantes”, entra ahora en el corpus cervantino con todos los honores. El otro volumen, bajo el marbete de “complementario” contiene un estudio sobre “Cervantes y el teatro” seguido de un comentario de cada una de las piezas contenidas en el anterior. La edición está a cargo de Luis Gómez Canseco y los comentarios pertenecen a varios autores. El precio conjunto es de 58,90 euros.

Se ha procurado fijar un texto lo más fiel posible. La RAE ha creído oportuno modernizar puntuación y grafías antiguas que, aunque no dificultan la comprensión, constituyen un pequeño freno para quien no esté habituado. Bienvenidas sean tan mínimas modificaciones si así cautivan la curiosidad de un mayor número de lectores.

URL: http://www.elfaromotril.es/?p=60648

Escrito por ElFaro en 30 abr 2016. Archivado bajo Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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